Por: Julieta Libera Blas
A veces una cosa no eso lo mismo sino algo distinto. Eso es una metáfora. Lo que quiero decir es lo siguiente: ¿la silla simboliza algo dentro de ti? ¿Algo en lo que pienses? ¿Algo en lo que sueñes?
– Ingmar Bergman a su hija Linn Ullmann; Los inquietos.(2021)
Todas las tardes llego a mi casa agotado por el día caluroso e intenso que he tenido. Durante estos meses no he dado mas que molestias o al menos esas son las palabras hirientes de una de las mujeres con la que comparto la casa. Ella es seria, se llama Catia, por más que he intentado abrazarla para consolarla, ella simplemente me rehúye. Dice que soy molesto pero yo no tengo la culpa de ser tan grande y tan fuerte. Dicen que con el tiempo creceré todavía más. Me da miedo pensar que la puedo agotar. Entonces me va a olvidar aquí sobre este suelo frio, helado, luego caliente, tan caliente que siento que mis patas me arden al punto de desear meterlas a mi balde de agua pero la mayoría de las veces se encuentra vacío. Sea porque al correr lo tiro con mi enorme cola o con una de mis patas; Catia me regaña, me grita diciéndome que soy como un demonio, me exige que permanezca quieto, que no ladre y que no llore porque soy un fastidio.
Lo que yo quiero es correr, jugar, ladrar sin parar como lo hacen mis vecinos que viven a lado de mi casa. ¿Saben que salen a pasear todos los días acompañados de sus dueños? Les llaman papás o mamás, éstos se les abalanzan contentos a sus regazos, a sus piernas, se jalan de sus correas. Corren entusiasmados y alegres; yo los miro con envidia desde el patio de mi casa. A mi sólo me sacan a pasear por las noches, salgo contento pero siempre me dicen lo que tengo que hacer y cómo lo tengo que hacer. Todo sería más fácil si no me gritaran cada segundo. Cada mañana los miro con inquietud y tristeza porque me encantaría que “mis dueñas” fueran así conmigo.
II
Por las mañanas una camioneta con letras enormes llega a la casa. Un tipo alto toca, se llama Carlos, yo salto emocionado y él me sonríe, me habla, me acaricia, le abren la puerta, me ponen la pechera, me trepa a la camioneta. Ellas se despiden de mi pero Catia que es la mujer mayor sólo hace una mueca pidiéndole al tipo que me enseñe a ser obediente porque soy de lo peor. Yo lo miro jadeante, expectante para intentar escuchar lo que piensa pero sólo sonríe incomodo. Se despide e iniciamos el viaje.
Me informa contento que mis amiguitos me esperan y que aprenderemos trucos pero yo sólo intento ser bueno para que me saquen a pasear todos los días como a mis vecinitos.
Mientras Carlos me platica lo que haremos ese día yo desearía que me entendiera lo que intento contarle: “Fíjate Carlos que los vecinitos salen a pasear con sus dueños todos los días y que al pasar por mi casa me miran emocionados, mueven sus colitas. Me ladran, se acercan, pero me emociono tanto que me abalanzo contra la reja, en consecuencia los asusto y nos empezamos a ladrar como locos en una pelea sin final. ¡Por cierto Carlos! Con toda libertad los vecinos orgullosos dicen que son sus “hijos peludos” y a su vez los “peludos” les nombran amorosamente: “papá o mamá.” – después de los ladridos un silencio me golpea el corazón cuando alguno de los papás se enoja conmigo y me dice entre dientes que “Soy un perro malo” “Perro feo” “Perro desobediente” otros les llaman la atención diciéndoles que no sean groseros conmigo, a mi me da gusto y doy vueltas persiguiendo mi cola. Ellos se sonríen y se marchan; ni tiempo me da para despedirme. Algunos ya los conozco porque pasan todos los días pero otros son ajenos a la calle y ni siquiera voltean a verme. Me entristece un poco cuando me ven con lástima preguntándome por qué estoy solito, otros me piden que no ladre porque me van a regañar. Me siento feliz cuando se acercan para acariciarme y en agradecimiento les lamo sus manos, los lleno de baba. Se sonríen bondadosamente expresándome lo buen niño que soy o que soy bonito – me entusiasmo pensando que me llevarán con ellos pero siguen su camino y me vuelvo a quedar solito
Carlos está tan ensimismado en su propia charla que ni siquiera me entiende lo que le digo. Yo me resigno asomando mi cabeza por una de las ventanas, miro a la gente, me siento tranquilo.
III
Todas las tardes regreso de la guardería como dicen ellas, cansado. Con ganas de que me acaricien o me hablen con mimos pero me encuentro con una casa vacía pero no me crean demasiado porque en la parte trasera, en donde antes vivía, se encuentran los que alguna vez pensé eran mis hermanos. Uno es grande, no tan grande como yo, su color es gris con blanco, aúlla y algunas veces pareciera que reclama o intenta hablar. Antes de que peleáramos, me platicó que tenía poco tiempo viviendo en ese patio pequeño, dice que anteriormente lo sacaban a pasear. Era el alma de la fiesta, y cada vez que me lo platicaba se ponía triste. La otra pequeña, color blanco, llora porque dice que le duelen sus manitas y sus patitas. Odia la humedad y sentirse tan sola. Ambos me dijeron que salen muy temprano a lavar el patio, les sirven croquetas en sus respectivas bandejas de aluminio que tienen escritos sus nombres: Dulce y Nube. Los acarician brevemente y cierran la puerta de inmediato.
Todo el día se quedan solos pero al menos se hacen compañía.
A mi me sacaron de ese pequeño patio trasero meses atrás. Intenté ser un buen chico con Nube pero él me empujó molesto hacia el rincón, me pegó, me mordió, sacó su ira y su frustración conmigo. Llore tanto por aquellas mordidas, yo era un cachorro, sólo intentaba consolar su tristeza pero no lo entendió. Dulce, la pequeña, intentó separarnos sin éxito, esa tarde me echaron al patio delantero. Al inicio me gustó la idea, sería para mí nada más aquel lugar pero de inmediato me percate que no tenía casa, ni bandeja con mi nombre, mucho menos agua. Como no tenía nada que hacer comencé mi labor como experto en minas y comencé mi ardua labor haciendo hoyos. Catia, la que supongo no me quiere nada de nada, me regañó pegándome en mi hocico con un periódico y como no entendí, una noche cogió un palita de madera y con esa me dio hasta que Ana le dijo que me dejara en paz. Después de tremenda zarandeada con aquella pala, Catia me advirtió que tenia que ser obediente o me sacaría a la calle. Escuché ladrar con ansiedad a mis vecinitos y también a Dulce. ¡Pobre Dulce, le duele todo! Ya es mayor o al menos eso le dice Gloria la más pequeña de nuestras dueñas. Ella desearía meterla a su casa pero Catia no lo permite, dice que somos sucios y desobedientes. “Solo traen enfermedades y son molestos” – ellas no le dicen nada, sólo la dejan hablar. Se nota que no nos tolera porque cuando llueve ella está en la sala escuchando música o tomando su brebaje caliente, me escucha llorar pero no hace nada para protegerme. Me resigno, como siempre lo hago, ellas también, pero pienso que si realmente lo desearan con su corazón, ya estaríamos los tres dentro de la casa. Sé que somos sus guardianes, sé que no pasaría nada malo si al menos nos dieran asilo cada vez que llueve o hace muchísimo calor.
IV
Las noches son agradables, cuando el cielo está despejado lo miro, me hace feliz hacerlo. No dudo en hacerlo cuando la Luna se ve enorme y luminosa. Las estrellas parecieran que tienen vida propia porque titilan, es como si me dijeran que todo va a estar bien porque soy un buen perro.
Hay días en que el Sol no brilla, el cielo tiene un color oscuro. El viento siempre me ha puesto nervioso, dicen que llora y yo lo hago al mismo tiempo pero cuando nos entendemos comienza a hacer ruidos extraños. Les llaman truenos, me asusto y al hacerlo corro desesperado hacia la puerta de la casa, rasco, intento abrirla pero no puedo. Sé que adentro está Catia pero nunca quiere abrir para consolarme, sólo grita y me advierte que si sigo haciendo eso me va a pegar con lo primero que encuentre. Después veo el cielo que se ilumina, me dicen que se llaman rayos pero también me espantan. Entro a mi casa desesperado, es tan pequeña que no alcanzo, medio cuerpo me queda fuera. Comienzo a llorar. Extraño a mi mamá pero también a Gloria y a Ana pero no regresan, quizá vengan en camino pero de qué serviría si solo están conmigo por breves minutos. Me acarician un rato, se despiden diciéndome que están cansadas, pienso que yo también lo estaría si fuese alguna de ellas. Las miro con amor, sólo sé dar amor, ¿no es suficiente?
Confieso que esos breves momentos los guardo con amor porque algunas veces me sacan a caminar y así suelto mis patas porque la humedad de la lluvia me las entumece.
Hay tardes, noches o madrugadas que el cielo llora tanto que me empapo. Una tarde de tormenta, mi vecina humana, corría a su casa, en cuanto me vio se detuvo. Abrió los ojos tan grandes que pensé que le pasaría algo. Observó molesta que me tenían amarrado de lo más alto de la reja, no podía ir a ningún lado. Se dio cuenta que temblaba de frio, me acompaño un rato, me acaricio la cabeza, mi pelo negro escurría de agua. La mire, quise abrazarla pero la reja y la correa no me lo permitieron, después tuvo que irse porque la lluvia arreció. Antes de irse dijo con voz fuerte: “¡Pobrecito de ti! ¡Te tienen aquí amarrado mojándote!” – corrió a su casa para avisar cómo me tenían. Cuando el hombre de lentes, el mismo que camina despacito fue a verme, ya estaba desencadenado. Catia escuchó lo que dijeron y rápidamente salió, salté emocionado, tenía hambre, tenía sed pero me castigo por “llorón.”
Hasta bien entrada la noche que Ana y Gloria llegaron pude comer. Confieso que hice una travesura, destrocé las flores y las plantas que Catia tiene en la jardinera. Por primera vez no me importó que se enojara, me supe querido y protegido por otros, aunque no vivieran conmigo.
El resultado de mi travesura fue estar amarrado durante toda la noche. Al día siguiente Gloria le suplicó a Catia que me desatara pero no quiso, dijo que así me quedaría todo el día pero se le olvidó que Carlos iría por mi y que regresaría bien entrada la tarde, cuando el sol ya se ha ido.
V
A veces recargo mi cabeza en el descanso de la reja de hierro y pienso en lo maravilloso que sería ser visto por las personas que dicen amarte. Me imagino dormir dentro de la casa a lado de Dulce y de Nube. Tener camitas calientitas, igual que en la guardería. Sentirme protegido, sin que nadie me pegue por ser malo y desobediente. Las quiero, sí que las quiero. También a Catia aunque me deje amarrado durante horas o sin comer. Sé, que si intentaran hacerle algo malo, les clavaria mis enormes colmillos sin pensarlo – posiblemente se sentiría orgulloso de mi.
A veces desearía escapar a la primera oportunidad pero, ¿adónde iría, con quién? No sé caminar en la calle solo, soy demasiado grande para pasar inadvertido. Sé que tengo una casa en donde me cuidan, me llevan a la guardería, ahí me alimentan, juegan conmigo, tengo amigos que se nota que los llenan de amor o al menos eso es lo que parece. No comprendo el por qué me llenan de tantos cursos, ¿solo para aprender a levantar la pata y hacer piruetas? ¿Para que no ladre, ni aúlle, ni rompa las plantas de Catia? O tal vez nunca tengo que tener hambre ni sed. Me gusta aprender pero quiero jugar, sólo soy un cachorro de siete meses. Al menos me lo dice Carlos antes de regresarme a mi casa: “Joder, que solo eres un crio de siete meses. Deberían ser ellas las tolerantes, yo te quiero chaval” – habla distinto a mis dueñas, me da gracia escucharlo.
Cuando hago una travesura y no obedezco me recuerdan lo caro que costé, pero yo no entiendo nada de eso. Yo sólo quiero que me mimen y me protejan. Nunca logro nada de eso, mucho menos cuando me sacan a pasear. Suelo jalonearme, Gloria me llama la atención y me amenaza con ponerme la cadena de castigo, me resisto un poco, al final ella siempre gana, si no me quedaría sin paseos y sin los pocos mimos que me dan. Algunas veces Ana intenta pasearme pero soy más fuerte que ella. Una vez casi la tiro, ella se comenzó a reír, pero a Catia no le dio nada de risa y me amenazó con un cuero que apenas se compró para darme con él cada vez que me porte mal. En esos momentos pienso en Nube y en Dulce y pienso con miedo, que una vez que se harten de mi presencia quizá me lancen al patio trasero. Bueno, al menos no me sentir tan solo porque estaría en compañía de ésos dos que siempre están tristes y desolados.
Cuando estoy aburrido escucho decir a las personas: “¿Por qué se hacen de perros si son incapaces de tener tiempo para ellos? ¡Mira cómo te tienen chiquito! Mi vecina, la que me acarició aquella tarde de tormenta, una vez me dijo con tristeza: “Si le hablo al Municipio o no van hacer nada o te llevan y quién sabe qué vida te van a dar.” Se le llenaron los ojos de lágrimas y pensé: “¿Qué será peor? ¿Quedarme aquí tan solo como una estrella o que me lleven con alguien más que me deje ser feliz y con libertad? Pero, ¿Qué es ser libre? ¿Ya no vería a Catia? ¿A Dulce y a Nube? Ana y Gloria, ¿desaparecerían de mi vida? Entonces, ¿es preferible quedarme aquí, verdad?
VI
Cuando lloro y tengo hambre azoto mi bandeja que no lleva mi nombre hacia la reja, empujo mi casa con todas mis fuerzas y la llevo hacia el otro extremo del patio. Hace tiempo que quitaron el césped porque hacia hoyos y no le gustó para nada a la dueña real de la casa. Ladro sin parar pero ninguno de los vecinos se enoja conmigo porque saben que la estoy pasando mal. La “mamá” de Teo, así se llama el perro blanco de a lado, el mismo que mueve su colita cuando me ve, ha intentado darme de comer pero no se lo acepto. Carlos me ha dicho que no le acepte comida ni agua a ningún extraño y aunque ella no lo es, ya aprendí que sólo debo de comer lo que Gloria y Ana me dan; sí, aunque me este muriendo de hambre. También ya sé el nombre de los vecinos de a lado que siempre que pueden me vienen a acariciar. El señor que camina despacio me llama con alegría “Negrito” y lo dice con ternura a pesar de que Catia le dice molesta que no me llamo así sino “Guay.” Siendo sinceros a nadie le gusta mi nombre. A mí me da lo mismo, es preferible a llamarme “Cosita” o “Peluchito”.
Hay días que pienso cómo estará Dulce y Nube, sé que un día a Dulce no la volveré a ver porque está muy cansada. Me da miedo pensar en todo eso, se me achica la barriga. Cuando llueve con harta fuerza me llevan al patio trasero; Nube ya me tolera más que los primeros días pero no deja de mostrarme sus grandes colmillos, los mismos que me presionaron mi patita cuando era un cachorro; aún así lo quiero.
¿Qué será dormir a lado de Ana y de Gloria? En los días calurosos o en las tardes de granizo – conocí esa parte de la lluvia cuando una de esas piedrecitas que caen del cielo me dieron justo en la cabeza, me escondí dentro de mi casa que ahora es más grande y si bien aún mis patas traseras se quedan afuera al menos sé que haciéndome bolita puedo pasar un poco más cómodo la noche – ¿será bonito dormir a lado de ellas o será simple presunción por parte de mis amigos de la guardería?
He escuchado a los dueños de la guardería lamentarse de las personas que sólo nos quieren para guardar ¿las apariencias? ¿en dónde las guardan? ¿en el cajón de las croquetas? ¿Dentro de las camitas?
Carlos dice molesto que sólo nos quieren de accesorios pero que no están dispuestos a darnos amor ni tiempo. Entre ellos repiten que varios de nosotros “costamos carísimos” y que ni una cepillada nos dan. La compañera de Carlos comenta triste que soy un perro con tanta energía que no merezco vivir en un espacio tan reducido porque yo estoy para correr libre y sin correas pero yo pienso que el patio es grande. No comprenden por qué no permiten que me relacione con Nube y con Dulce. Recuerdan con nostalgia cuando ellos eran los consentidos, “Venían a la guardería cada tercer día a jugar” – en cuanto llegó Guay, los hicieron a un lado – Carlos lo dice con pena y arremete:
Es comparable a los críos, les dan todo, los llenan de regalos pero no les dan atención ni tiempo. ¡Es una desgracia! ¡Lo peor, es que algunas veces los sacan a la calle o los mandan a dormir!
Todo aquello lo platican cuando voy de vuelta a mi casa, intento entenderlos, cada palabra y cada expresión. Al pasar el tiempo, me aburro y me asomo por la ventana de la camioneta, miro con ilusión a las personas y sé que no son tan malos. El corazón me lo dice en cada latido, sé que no me equivoco a pesar de que me invade un dejo de tristeza.
VII
Una noche sentí cómo de mis ojitos salía agüita, les llaman lagrimas. Es que toda la casa estaba oscura. Me inquiete porque Nube y Dulce lloraban sin parar y ladraban. Teníamos hambre y sed. Llevábamos días solos, sin comida y el agua hace tiempo que se había terminado. Aquí no hay bebederos como en la guardería.
No sabemos cuándo regresen a casa, la última vez que las vi, salieron alegres. Yo saltaba porque me ilusioné pensando que quizá me llevarían con ellas pero nada más lejano que la realidad. Me dijeron adiós con las manos y no las he vuelto a ver. Las extraño, ni siquiera ha venido Carlos a verme. No he salido, tampoco he caminado. Quizá olvide las lecciones aprendidas porque han pasado días sin que vaya a tomarlas. Además soy muy olvidadizo, sé que se enojaran cuando regresen porque el patio está asqueroso, y las flores me las he comido. Mi pelo no brilla, está enredado, tengo comezón pero sobretodo hambre y sed. Si yo me encuentro así, entonces, ¿Dulce y Nube? Quiero aullar, necesito hacerlo antes de que me ahogue la tristeza porque se le llama de esa manera al nudo que se siente en el alma.
Sé que llegaran pronto, ya las olfateo. Sé que están cerca, lo presiento. Escucho el motor de la camioneta, me levanto del piso de un brinco. Muevo la cola y me lanzo a la reja, sonrío. ¡Por fin han vuelto! ¡Tenemos hambre y sed! ¿Adónde fueron? Abren la pesada reja, Ana me detiene con sus manos tibias. Me abraza, le lambo la cara con entusiasmo. Casi no la reconozco, ha crecido en estos días, me acaricia la oreja. Catia abre la puerta de la casa y les ordena limpiar el patio porque está asqueroso, ellas se miran asintiendo con la cabeza. Les dice que vayan a ver a Dulce y a Nube, cierran la puerta y me dejan solo de nuevo pero esta vez es distinto porque los van a visitar a ellos y no me importa porque también las necesitan.
Salen de nuevo al patio, limpian con un liquido que me provoca estornudos y una picazón terrible. Me dan de comer, trago y trago sin parar, muero de hambre y de sed. Me acarician varias veces y me siento contento pero están cansadas, lo sé. Bostezan, se estiran, se despiden, cierran la puerta.
¡Hasta otro día! les digo moviendo mi cola pero no me escuchan y me quedo sentado durante mucho tiempo frente a la puerta. Imaginando que la abren y me invitan a pasar la noche a lado de ellas junto a Nube y Dulce. Me gusta imaginar que en algún momento ocurrirá…
VIII
Vuelvo a la guardería después de semanas, justo en ese lugar los escucho decir que nosotros somos “unos angelitos con colas.” No sé qué tan cierto sea porque recordé cuando Nube con infinita melancolía me dijo:
“Mi tiempo pasó, ahora tengo que vivir en este rincón sin hacer mucho ruido porque dice Catia que soy un fastidio. Hace tiempo me quería, también a Dulce, no sé qué hicimos mal pero nos abandonó en este patio frio y caliente en primavera. Aquí podemos escuchar a las personas que viven alrededor, sobre todo cuando planean robarnos o darnos veneno. No sabemos bien a qué se refieran pero Dulce entre gimoteos me advierte que nos quieren matar para que ya no suframos. No me quiero morir, ella tampoco. Desde este lugar el tipo que vive a lado nos dice que ya no lloremos pero la soledad nos pesa, nos enreda como a ti cuando azotas tus platos pero al menos puedes hacer algo, en cambio nosotros en un lugar tan pequeño a penas si podemos movernos. A mi me prometieron jugar y darme amor hasta que me muriera. A Dulce le juraron lealtad infinita y una cama calientita, después de todo costamos muy caros. Sin embargo, aquí estamos, en silencio, con hambre o con sed, con unas ganas de salir a pasear por las calles que alguna vez conocimos. Salir de este encierro, estirar mis patas, mirar a otros y presumir cuánto nos quieren. Pero pasan los días, caen diluvios y seguimos aquí, solos. Hace unos días Dulce escuchó que quizá nos regalen, supongo que sería lo mejor para los dos. Al menos sabemos que a pesar de todo podemos amar y proteger a alguien más sin temor a ser un fastidio. Si nos vamos “Guay” promete que vas a ser un buen perro y que las vas a proteger de todos los males. A pesar de todo las queremos.”
IX
Tengo frío, hambre y sed. Sé que pronto llegará Carlos. Me llevará adonde siempre, me dará de comer y de beber. Me acariciará, me dirá que soy bonito, que debo de portarme bien con los demás. Me enseñará a ser correcto, a no ladrar, ni a saltar como si fuese un chapulín. Intentará educarme para que deje de azotar mis platos en la reja. No sé si me reprenderá porque Catia le ha informado que sigo arrastrando mi casa por todo el patio pero lo que no le ha dicho es que me amarra para que no le dé lata en toda la tarde. No le ha dicho que me desespero porque me aburro, porque tengo hambre, frio, sed y que lo único que deseo es que salgan a darme amor como a Teo, Perrimpo, Puchi, mis vecinos.
¿Será tan difícil acariciarme un rato? Si yo las quiero tanto…
Ahora comienza a llover pero no quiero guarecerme de la lluvia, quiero empaparme. A una de las vecinas le preocupa que me enferme de ¿neumonía? Y me muera. No quiero me pase eso, me gusta mojarme un rato pero no todo el tiempo.
Dice el señor de a lado, el que arrastra sus pies y camina despacito que “soy un buen perro.” Lamo sus manos con gratitud y amor, él sonríe. ¡Lo hago feliz! Me repite varias veces lo mismo, muevo la cola y me repito entusiasmado: “Sí. Soy un buen perro, lo soy”
Nota mental:
Los animales son tan leales que no conocen de odios ni rencores, actúan por instinto, es su naturaleza. Siempre nos esperan, nos reciben moviendo sus colitas, con ladridos nos advierten y nos defienden. Son como niños; su cerebro alcanza una mentalidad parecida a la de un niño de siete años, nunca maduran. Son inteligentes, leales, amorosos, tiernos. Seamos lo mismo para ellos, somos sus guías, lo único que tienen. Seamos humanos y no lo contrario.
Si no te simpatizan, pasa de largo y no los dañen. Trátenlos como les gustaría que lo hicieran si tuvieran alguna necesidad fuera de sus casas y se sintieran asfixiados por la vida. No los abandonen en la calle ni en sus propios hogares. Ámenlos, respétenlos, sean lo mejor para ellos y háganles vivir en el paraíso, no en el infierno. Si no pueden darles un hogar, intenten darles de comer o de beber; ellos sienten hambre, dolor, tristeza, alegría.
Háganlo, la vida se los recompensará, se los juro que así será.
Solo son seres de amor, de luz. No sean indiferentes, por favor.
El abandono no se remedia haciéndoles creer que los aman para después arrebatarles la inocencia y la vida.
¡Gracias por lectura! ¡Sean dichosos”

