Por Lenin Rojo Curiel
Tadeo me ha pedido que llevemos un ave herida al taller del Maestro. Aprovecha y recuerda de memoria un argumento impecable de la No existencia de Dios. Citando y recitando de memoria el “Discurso sobre el vuelo” del gran poeta Persa.
“Somos tumbas donde vienen a morir los antepasados, hoyos que tragan hijos, hermanos, al padre y a la madre.
Sangre inquieta y pasajera que se busca en el hueco y en la muerte de los otros. Sangre brusca, un poco de sal, algunos líquidos, vísceras insondables, huesos que se quebrantan, ardores incorregibles, sueños y deseos que no se viven, amores que no se encuentran y mucha, mucha desilusión.
Toda muerte deja huella, toda huella lo es de una muerte; cada segundo puede vivirse de un modo u otro y la vida es un espacio de incertidumbre.
Por entre las rejas de éste desencuentro que es vivir yo no veo a Dios, es decir Esperanza; sino vacío. O peor, ya que en el fondo se despierta la cruel sentencia del dios que pide constantes sacrificios humanos, “alimentaos de vosotros mismos y probad, que vuestra vida no es sino una máscara vacía, un hueco, un deseo vano, un apetito innombrable y ausente de toda substancia”.
A los días, el Maestro ha vuelto a revisar y aprobar el entablillado del ala herida del pájaro. Un Cuervo Rojo. Una rareza.
El mismo que había venido a hacer su nido en el alféizar de la ventana que compartimos en nuestra habitación de monjes. Y al que encontramos gravemente lastimado en nuestro camino a recoger agua del pozo de la abadía.
Finalmente, siete días después y al mediodía, el Maestro ha venido a liberar de su prótesis al ave. Al verse libre de su estorbosa armadura la hemos visto andar un tanto torpe y acto seguido ha intentado volar… y lo logró.
Nos quedamos fascinados por el acto del vuelo y por el logro de la majestuosa ave. Algo indeleble y bello que se guarda en el fondo del corazón.
Mientras limpiábamos el lugar nos sorprende que nuestro querido amigo alado ha vuelto con un regalo; un objeto brillante y plateado, la llave perdida del pozo que el Maestro ha reconocido como suya. Nos hemos alegrado todos y el ave se lleva una galleta grande como corresponde.
El Maestro se ha puesto tan contento que nos ha invitado a acompañarlo a descender al inmenso pozo de la abadía.
Descendemos.
Poco a poco el sabor en la boca va cambiando, y a medida que la luz va desapareciendo el chirrido de las cuerdas que nos sostienen se hace más presente.
Descendemos, la obscuridad va desapareciendo nuestros rasgos, los contornos que nos definen, ya nos reconocemos sólo por la respiración. La humedad es cada vez más presente y el silencio más hondo y obscuro.
Descendemos.
En un punto, el silencio y la obscuridad nos asfixia y ya no nos reconocemos.
En ese momento el Maestro nos invita a elevar la mirada; pasmado y con gran alivio compruebo que lo único cierto es que desde el fondo de un pozo; en pleno día, se pueden ver las estrellas. La Vía Láctea es un mantón inmenso con su collar de pedrerías húmedas.
Ascendemos y todavía desde la obscuridad escucho la voz del Maestro: Como pueden ver, un pájaro necesita de dos alas para volar; y enseguida ha vuelto a repetir la obviedad: Un pájaro necesita dos alas para volar.
Al salir del pozo el Maestro nos ha mirado largamente de arriba abajo. Después ha repetido una vieja conseja de los alquimistas.
“Rumpite libros, ne corda rumpator”
“Romped los libros, para que no se rompan vuestros corazones”
Cuaxoxoco, Tepoztlán, Mor. 23/VIII/2026


