Por: Julieta E. Libera Blas
La de veces que me callé. Envejecer es callar.
La de veces que escogí no molestaros y no os dije cómo me sentía.
Envejecer es quitarse de en medio…
…cuando mi padre encendía la lumbre, yo me quedaba embobado con el fuego.
Somos ceniza.
Los siguientes, Pedro Simón.
Queridas y amables lectores, todas:
El andar de mi padre se ha vuelto lento, espacioso y temerosamente cuidadoso. Su voz grave ha perdido fuerza y su tolerancia ha ido en aumento. ¡Qué decir de su paciencia! Jamás había gozado de tanta. La ternura que no le conocí en todos estos años, últimamente florecen de la nada y del todo y es encantador. Su mirada siempre ha sido clara, dura, sincera; en ella viaja un océano de imágenes vividas durante casi noventa años pero en ella también vive el recuerdo de su madre, de sus cuidados y del eterno agradecimiento de haberle dado la vida.
Mi padre fue ese hombre duro, fuerte como un roble por decisión. Alguien siempre necesita ser el fuerte en una familia y así se le respeto desde siempre. Mi padre fue médico, de los buenos y preparados. De los solidarios y de los que te explicaba tus padecimientos de manera directa pero respetuosa. Jamás faltó al respeto, nunca hizo menos a ninguno de sus pacientes; abogo por él porque yo también fui su paciente. Jamás me sentí tan protegida por nadie mas que con él, a menos que se tratara de una situación ortopédica porque entones ahí surgía el doctor Sánchez Mejía.
Mi padre fue de ésos hombres que tenía un andar rápido, de pasos firmes; erguido, con la cabeza siempre en alto. Su aroma era amaderado, Antaeus de Chanel. Colonia Añeja de Lavanda o Brut, a la que yo daba uso porque quería oler igual que él. Así que me subía a una banquito de madera, abría la botella color verde y me echaba como si no existiera un mañana. Supongo que en algún momento descubrió lo que hacía y decidió quitarlas de su tocador. Fue el día más triste de mi vida, ya no podría jugar a oler como mi papá.
Desde pequeña lo vi leer, siempre devorando libros, cuidándolos como tesoros al igual que cuida a mamá. Hoy su memoria no es la misma, se le dificulta recordar cosas simples pero es normal, casi tiene noventa años.
Fue el padre que me enseñó a escuchar música clásica; todos los domingos sintonizaba en la televisión Canal 11, transmitían conciertos de música clásica, ópera y hasta zarzuela. Me decía que escuchara y lo disfrutara. En algunas ocasiones le pedía a mi hermana tocar el órgano para que cantáramos El Reloj – sí, deja de marcar las horas porque voy a enloquecer.
Me invitaba cada vez que podía a escuchar a su lado los boleros con los que él había crecido, todavía lo hacemos; me gusta creer que el tiempo nunca se terminará. Ama el tango, y los canta cada vez que puede.
Su voz es finita, delgadita, entonadita, y yo lo escucho y sueño cuando su voz era fuerte, clara, sin carraspeos.
Amo su manera de bailar, a su estilo y forma; reímos cuando lo hacemos juntos porque no lo puedo seguir pero al final me adapto a su brazos y a sus pasos.
Mi papá, el que escondía los regalos navideños dentro de su closet. Astutamente él respondía las cartas que le enviábamos a Santa. Motivo de molestia de mi madre: mi papá siempre olvidaba cambiar el estilo de su letra. En alguna ocasión le pregunté intrigada dentro de esa ingenuidad e inocencia que caracterizan a los infantes: “Papá, ¿por qué tu letra se parece a la de Santa Claus? Me miró pensativo, tomó aire y me respondió: “Es que me la dictó” – yo me conformaba con la respuesta hasta que lo descubrimos.
Hoy en día cuando no lo escucho le pregunto a mi madre: “Mamacita, ¿dónde está Santa Claus? Hay mucho silencio y me preocupa qué estará haciendo” y él puede estar en su jardín podando el pasto o trepado en alguno de los árboles o puede estar sentado en la banca durmiendo, tomando el Sol, tranquilo, pensando. A veces me gustaría saber hasta dónde navega su mente llena de recuerdos, de memorias que me comparte para que las escriba para que alguien más las pueda leer.
2
Papá me enseñó a montar bicicleta; después de no sé cuántas caídas pude sostenerme por mí misma. Nunca me percaté que en el parque me soltó y que pedalé sola, sin ayuda. Mi papá, al que le pedí que me enseñara a manejar porque ya no quería depender de él para que me llevara a distintas partes o a la Universidad. Entre regaños y desesperación aprendimos los tres hijos. Hoy me da risa, pero en esos momentos me ponía tan nerviosa hacerlo mal y que me regañara o sin más me bajara del coche. Me enseñó a manejar auto estándar y automático, fue sensacional; me sentía orgullosa cuando él le presumía a mi mamá: “Mete bien suavecito las velocidades, no corre, respeta todas las señales, es prudente” – ¡Por fin! – decía animada – mi papá estaba orgullosa de mí. Lo que yo no había entendido es que siempre he sido un orgullo para él.
Mi papá me enseñó a jugar béisbol y croquet; Damas Chinas, Dominó, Serpientes y Escaleras, Turista, Lotería y demás juegos de mesa. Él y mi abuelo paterno, me enseñaron a disfrutar el Box. Hasta la fecha disfrutamos ver películas como Rocky y de alpinismo. A ver el futbol.
Mi papá, el que le enseñó a sus hijos a mirar la vida con sus ojos pero nunca nos limitó nuestra libertad.
Me enseñó a amar a los animales pero sobre todo el respeto hacia los demás; jamás mirar por debajo del hombro a nadie.
3
Mi padre fue un hombre sano que comía a sus horas, y acaso un dulce a la semana o caramelos. No fumaba ni tomaba, no al menos desde que yo lo conozco. Corría diez kilómetros diarios, después de trabajar y antes de comenzar su fin de semana. Él me inculcó el ejercicio, el amor a la lectura, el andar rápido, el goce de la familia y el silencio que se apodera de nosotros cuando nuestra alma lo necesita. Lo que no heredé fue su fuerza, su dureza, quizá porque no soy médico. Mi hermana sí que se lo heredó.
Mi padre fue un hombre que practicó montañismo y subió no sé cuantas veces el Popocatépetl e Iztaccíhualt desde que era un chamaquito hasta sus sesenta años. Lo hizo a lado de sus hermanos y de sus tíos. Después conmino a sus hijos y sobrinos a hacerlo junto con él. Pero un buen día a Don Goyo se le ocurrió activarse y desde hace años no deja de lanzar fumarolas.
Fueron años de caminar a su lado para llegar a la cumbre; nos lamentándonos por el frio, el calor, la arena suelta, el hielo, las subidas, las bajadas. Por la sed y el hambre y él estoico nos invitaba a no hacer dramas, ser fuertes y seguir. Beber agua la necesaria para después descansar y alimentarnos tranquilos. El camino era largo, pesado y terminábamos la mayoría de las veces exhaustos. Al final todo había valido la pena, todo. Hasta aquella vez que en el Itza nos robaron todo el equipo, la comida y hasta la grabadora – mi hermano fue el único que continúo con esa tradición mas lo único que lo detuvo fueron las fumarolas de ese volcán maravilloso que si pudiera hablarnos, nos contaría tantas historias desde el inicio de los tiempos.
4
Mi padre fue un hombre de carácter fuerte al que no se convencía tan fácilmente, a menos que se tratara de un animalito perdido y que teníamos que adoptar sí o sí. Le mentíamos a mi mamá para poder meter al perro o al gato; preferíamos pedir perdón que permiso y fue así que creamos en un momento de la vida un zoológico en casa. No nos arrepentimos porque cada uno de ellos nos hizo felices. Dándonos amor, lealtad y compañía.
Ahí el carácter de mi padre se dominaba, era como si se comiera un caramelo mágico. No existía hombre más dulce que mi padre a lado de un animalito. Recientemente ha perdido a Suni, su chihuahua que murió el año pasado y a su cotorrito llamado Ramiro. Se ha puesto triste, eran su compañía y parte de su alegría. Hace años murió su pastor alemán llamado Quincy que lo acompañaba a todas partes, corrió con él diez kilómetros o cinco o tres esquinas, siempre estaban juntos.
Mi padre fue un papá increíblemente exigente y yo de chamaca no lo podía entender, sencillamente no nos entendíamos. Peleábamos todos los días, a todas horas, de absolutamente todo. Regaños, castigos, gritos. Todo en una sola tarde. Mi padre fue pocas veces amoroso pero, ¿cómo exigírselo cuando fue criado de manera tan distinta a estas nuevas generaciones? Tiene tan pocos años en que puede armar nuestro rompecabezas – creo firmemente que si nos damos el tiempo de mirar más allá de las heridas podríamos sanarlas para que dejen de supurar. Sé que no es fácil ni sencillo y depende de la gravedad de las situaciones.
Mi papá fue un buen papá, nos transmitió su amor, a su manera y se lo agradezco profundamente porque me hizo ser la mujer que soy.
5
Hoy mi padre ya no come como antes, ni corre diez kilómetros. Duerme mucho y ve la tele como jamás lo vi hacerlo durante años. Antes que el ocio estaba el trabajo, ya después vendría la diversión. Algunas tardes vemos películas o ahora el Mundial – es sábado y no puede creer que haya visto tantos partidos durante el día, pero hoy la vida es así. Aunque por lapsos se levantaba para ir a su jardín y hacer algunas labores hogareñas. Aún no se desanuda ese sentido de la obligación y hace bien, porque lo bueno jamás se olvida.
Muchos años se levantó a las cinco de la mañana para volver a su casa a las diez de la noche o con suerte a las ocho, justo antes de que mi mamá nos mandara a dormir. Recibía de mi madre la boleta de calificaciones y de nuestro comportamiento en la casa y en el colegio. Preguntaba por nuestro día, qué habíamos hecho, y si habíamos cumplido con los deberes. Algunas veces moría de miedo porque nunca me caracterice por ser buena alumna. El milagro ocurrió al entrar a la Preparatoria y haber concluido una carrera universitaria.
Cuando salgo con él a caminar, mido mis pasos, alzo la voz para que me escuche, pocas veces le tomo la mano para hacerle saber que no va solo, pocas veces me la acepta porque piensa que lo estoy tratando como un viejito que ya no puede ni con su alma.
6
Papá, ¿cuántas veces te perdí perdón por mis respuestas o mi pésimo comportamiento? Por mis llegadas en la madrugada, por comenzar a fumar, por hacer lo que se me daba “mi real y mi pontificia gana” – no lo recuerdo, sólo sé que han sido demasiadas-. Cada una de ellas me las has aceptado, hasta cuando hace unos diez años te dije furiosa que no actuaras como un viejito, que eso no era lo tuyo. Me abriste la reja, te diste la media vuelta y me dejaste ahí.
¿te acuerdas cuando me regañaste por llegar en la madrugada y me advertiste que no me podías estar esperando tan tarde porque tenías que levantarte temprano? ¿Recuerdas lo que te respondí y que hoy me arrepiento? “No me esperes, ya estoy grande” – a partir de ese momento no me volviste a esperar-. No sabes cuánto lamento haber sido tan engreída. A pesar de eso, cuando salgo me pides que llegue temprano porque no quieres que me pase algo.
¿Te acuerdas cuando me salí de la casa y me suplicaste que volviera? Me juraste que pelearíamos como David contra Goliat. Entre lagrimas te miré y acepté el reto, hasta este momento lo llevamos bien. ¿Que tal aquella vez en que me abrazaste porque me rompieron el corazón y el traje de novia se quedó colgado en alguna parte de esa tienda glamurosa? Después le dimos gracias a la vida que me haya alejado de esa persona que nunca valió la pena. ¿Te acuerdas de esa noche en que me cuidaste después de aquel accidente en donde tuviste que sacar a mi mamá de la habitación porque no quería que me viera en esas condiciones? Gracias y mil veces gracias por haber curado mis heridas.
¿Qué significa ser padre? Lo ignoro, soy mujer y no soy madre. No conozco esa unión, mucho menos tengo ese vinculo con nadie. Tú me has enseñado a ser responsable y prudente, lo primero lo he conseguido, lo segundo te lo debo. Aún no puedo correr ni un kilómetro pero tengo la esperanza de hacerlo en los próximos años y quizá ya no seas testigo del evento pero estoy segura que desde donde te encuentres tu sonrisa plena me alcanzará.
Papá, de a poco me has acercado de nuevo a Dios pero sigo sin entenderlo y algunas veces no quiero hacerlo porque tú me das la paz necesaria que necesito para saber que las cosas marchan bien. No sé cómo pedirle o rogarle algo. Cada mañana te miro frente al altar de la Virgen con tu fe inquebrantable y me apena en el alma haberla perdido no sé cuándo. Te veo ahí poniéndole rosas a tu virgencita, y me das paz, mucha tranquilidad y sé que no necesito nada. Ni a Dios, ni oraciones, nada. Pero quiero llevarlo en mi cuerpo y en mi alma como tú lo haces, entonces le hablo y lo invito a pasar. Tu sonríes y te sientes tranquilo, no me lo dices pero lo noto en tu rostro.
Con mi papá he hablado de lo que quiere y no desea el día que su ausencia me parta el corazón. Sé que no quiere música y que no cerremos la sala. Y si es posible que sea en su casa, pero eso me lo copio a mí porque eso es lo que yo pretendo. A diferencia suya quiero música, café y una que otra lectura. Él desea que cantemos canciones de la iglesia, de las bonitas. Pero yo quiero desobedecerlo si es que la razón me alcanza. A veces no quiero pensar en eso; sin embargo, es necesario para estar preparados pero, ¿se está preparado para perder a nuestros padres? Yo pienso que no.
7
Día del padre.
El siguiente domingo es día del padre “Memo” – le dice mi mamá a mi papá – ¿qué vas a querer que te haga de comer? – mi papá se hace de ladito para escucharla mejor, le pida que repita lo que acaba de decir mientras mira el último partido del día. Luego responde serio: “Yo lo que quiero es que estés bien para yo estar bien”
Mi madre y yo nos miramos, sonreímos, le pido a Dios que así sea. Evito que me vea de cómo se me llenan los ojos de lágrimas.
No sé si llegaré a ser tan mayor como mis padres, lo ignoro. Sólo sé que la vida y Dios ha sido bueno con nosotros porque ellos aún están con nosotros. Viven, respiran, aman y aún me llaman la atención. No, no fui su nena, ni la chiquita de la casa, mucho menos la consentida, fui su hija, la menor, la que siempre dio guerra, dolores de cabeza y al final decidió devorar libros, escribir, y ser libre a su modo. Fui la hija que llegaba de madrugada, la de las malas calificaciones, la noviera, la que nunca se estaba en paz hasta que un día se dio cuenta que debía de detenerse un poco para disfrutar de la presencia de los que le dieron la vida y no sólo eso, mucho más que eso le han dado y por eso doctor Libera, madre amada, les doy eternamente las gracias.
¡Gracias por la lectura, sean dichosos!


