Nadie se salva solo

Por: Julieta E. Libera Blas

“…cada lectura engendraba otra, cada libro me llevaba a otro libro; y cada libro me alejaba de mi yo pasado” Èdouard Louis.

Queridas lectoras y amables lectores:

La tormenta empapa mi cabeza, mi cuerpo boga sin timón dentro de un mar picado. El cielo cargado de nubarrones grises me hace pensar que la vida fue hace tan poco como mis veinte años que se doblegaron ante ellos sin que yo pudiera hacer absolutamente nada. ¿Cuántas semanas y meses y días han pasado desde que vimos por primera vez la luz? Podría investigar en la red y en cuestión de segundos tendría la cifra exacta de los días vividos, pero no me interesa. ¿Para qué enterarse de los días que han pasado desde aquel jueves a las siete de la mañana? ¿Vale la pena? No creo soportarlo. No soportaría saber que los días se han ido como una simple estampilla de correos. Prefiero evadirme y pensar que todos mis años han valido la pena. Con sus clásicas avalanchas y días soleados, que de tan soleados me han provocado encerrarme en mi casa a cera y cemento o como sea que se diga. No salgo a la calle tan a menudo, sólo a lo básico. ¿Inició ese encierro desde que la pandemia invadió mi hogar y sustrajo de ella mi calma y mi tranquilidad, así como mi paciencia o sólo sea que huyo del calor y del sol porque mi piel se abre? Sí, pequeñas cortadas que me arden y lastiman la dermis por eso me gustan los días fríos, lluviosos, nublados.

No. Nadie se salva solo. Siempre hay algo o alguien que nos sostiene para poder sobrevivir en lo que uno encuentra la salida para poder vivir, pero ¿hasta cuándo? ¿hasta que se calme la tempestad? En estas situaciones con Dios no se cuenta porque él también suele huir porque le gusta que se le ruegue para que nos aleje de los malos pensamientos. De las pésimas decisiones, de los dramas, porque tan sólo nos pide que dobleguemos nuestro ego y usemos el cerebro. Están las advertencias, pero las pasamos de largo, ahí están los semáforos en rojo, pero optamos por omitir el color y cruzamos sin fijarnos. Me encanta Dios o el destino o sólo la es la vida que se presenta cuando nos pone el semáforo en siga, ese color verde tan llamativo y emotivo.  Vamos atravesando rápidamente sin fijarnos, sin respirar y ¡qué felices somos! ¡Cuánta alegrías nos regala la vida! ¡Cuántas emociones y amores y estabilidad! Y de pronto el rayo y el trueno y en algunas ocasiones las centallas. Gastamos nuestro combustible, quemamos las llantas, echamos a perder el embrague, los frenos desgastados y ahí viene el colapso. Algunos se estrellan, otros se patinan, los más diestros pueden amortiguar el golpe o de tanta experiencia frenan en seco sin hacer más escándalo. Saben su culpa y su responsabilidad, la enfrentan con la cabeza en alto. Con lágrimas y sin ellas, con coraje y valentía, con valor y tregua.  

Nadie se salva solo. Nuestros pensamientos. Fantasías. Ensueños. Cada uno de ellos nos conmueven otorgándonos miedos, alegrías, temores, llanto, risas. Es como caer en un eterno ciclo que sólo se detendrá cuando nos queramos salvar. ¿Salvar de la vida o de la muerte? ¿Del abandono o de la melancolía? ¿Del amor o del desamor?

Da lo mismo si la brisa cae en tu rostro o si la tormenta te empapa. Casi es inverosímil situarte en medio de la barca, tomar el timón e intentar llegar a tierra, a pesar de que las gaviotas dibujan en el cielo formas, conminándote a realizar el último esfuerzo. Ya casi no tienes fuerzas, los brazos y las piernas ya no responden, la tierra se aleja, el mar picado y el fuerte oleaje te lanza sobre unas rocas que no pueden sostener tu barca y temes resbalarte y hundirte dentro de éste, ahogarte. Prefieres aferrarte a la barca. Estoico te aferras, lo que viene seguramente será mejor y cuando ya no puedes más, cuando tu cuerpo está agotado de luchar, cuando el dolor es insoportable y tus articulaciones se abren como si fueran simples astillas atadas a un madero, miras el pequeño rayo que te salvara de todo aquello y lo coges, lo bebes, te lo untas a la piel como pomada y entonces es momento de salir a flote.

II

Respiras despacio, profundamente: inhalas, exhalas, inhalas, exhalas.

Abres los ojos, el jardín del Edén lo has abandonado por completo. En total calma unes las manos en agradecimiento por ser valiente y fuerte porque estás a punto de salir de la tormenta. Una vez más lo has conseguido. Te marchas despacio, tu cuerpo flota como una pluma, te sacudes, sientes que vuelas. El cielo no tiene límites, juras no permitirle al Sol que queme tus hermosas alas.

III

No hay mejor bálsamo que la lectura. Desde que inició el año y a pesar de mis tormentas, cada libro que he leído me ha dejado un sabor delicioso en los labios, pero sobre todo en mi mente. Me han hecho reflexionar, y continuar sus historias en mis propias letras o en mi imaginario. ¿Qué habrá sucedido con este o aquel personaje o con aquella situación embarazosa? ¿Qué habrá sentido aquella escritora noruega cuando abandonó a su personaje de apenas nueve años en el umbral de su hogar mientras caía una nevazón? ¿Qué habrá sucedido cuando su madre por la mañana? Saberla quitada de la pena a esa madre joven, distraída, amorosa. Ella comenzaría su día, tal vez notaria la ausencia de su hijo, pero no le tomaría importancia porque seguramente estaría en cualquier lugar de la casa o del pueblo, pero al abrir la puerta, la sorpresa al verlo ahí quieto, congelado, dormido para siempre. Posiblemente se preguntaría enloquecida por qué su hijo, justo el día de su cumpleaños, se saldría de la casa, ¿a buscar a quién? ¿por qué razón no tocaría a la puerta?

(Amor, Hanne Ørstavik. Edit. Duomo Nefelibata)

¿Y qué tal esa hija que delata la dulzura, alegría y perfeccionismo de su padre que no era más que el Rey Elvis Presley? De su dolor y de su agonía, pero también de su deterioro físico y su cansancio mental. El profundo amor que sentía hacia su hija con su muerte no terminó pues su vínculo se convirtió en un lazo indestructible hasta el día de la muerte de ésta.

Me estremeció leer que meses después de su fallecimiento su hija “Lisa Marie” lo soñó rebosante de vida a lado suyo. Atemorizada le advirtió a su padre que tuviera cuidado con su salud pues las pastillas que se tomaba podrían provocarle un infarto y éste le produciría la muerte. Cuenta impactada que su padre, con su acento sureño inconfundible le expresó tranquilamente: “Ya sucedió”

– (Desde aquí a lo desconocido, Lisa Marie Presley. Riley Keough. Edit. Plaza Jannes)

Dicen que “nadie se salva solo” y tienen razón porque siempre hay algo o alguien que nos detiene para no resbalar por el acantilado y partirnos la cara y la cabeza. ¿Cuál es su fuerza? ¿De dónde sostenerse cuando el mundo entero crees que te aplasta? A mí me salva la literatura, el ejercicio y la escritura pero también la sonrisa de mis padres y la ternura de mi hermana, tus bailes y tu lógica. El marco de tus cejas, las imitaciones que haces con tu voz. La alegría de los más amados es una puntada sobre el lienzo en donde he de bordar cada vez que la tristeza de la incongruencia parece devorarme.

Sucede que en algún momento creemos estar dentro de una película de terror o de suspenso. Ese “continuará” infinito, sí, que no acaba nunca. Escuchamos la música y hacemos reconteo de nuestros absurdos como, por ejemplo: no encender la luz cuando sentimos que nos acercamos al malhechor que nos cazará como liebres. Y a pesar de esto, allá a lo lejos se encuentra el salón de baile y nos vestimos de alegría y bailamos gozando la vida, pensando que no hay nada más bello que vivir. Sí, ¡qué bello es vivir!

IV

Los libros que he leído en esta temporada me han transportado a Paris, Noruega, EUA, Argentina, Perú, Colombia, Bulgaria, México. Cada uno me ha hecho sentir distintas emociones, desde el malestar por el abuso del poder, la incomprensión de la maternidad, la incompetencia de nuestras autoridades.

La humillación de una mujer abusada por más de cien hombres sólo porque su esposo decidió drogarla durante casi una década para satisfacer sus propios deseos. Me he sentido contrariada por el abuso a una hija que, siendo ya una mujer adulta, con un matrimonio firme y con hijas, simplemente se entera que su padre abusó de su madre, la vendió por nada, solo para satisfacerse y a ella le ha tomado una serie de fotos en posiciones obscenas para satisfacer el morbo de otros. Su mundo, el de su madre y el de sus hermanos, el de toda la familia se ha destruido, fue como ver un cementerio lleno de corazones destrozados. El juicio bajo las leyes actuó en Francia y el moral, el de los hijos, el de una esposa que amaba hasta la veneración al hombre que en su mente sólo estaba una frase: “Ella era una mujer a la que nunca pude controlar y esa fue la mejor manera de hacerlo” ¿Hasta dónde una mente enferma puede lapidarlo todo? Destruyo a su hija, a sus nueras y yerno, a sus nietos y nietas. Todas sus amistades impactadas se refugiaban en la negación hasta que algo les hizo abrir los ojos y le dieron la espalda, pero después de más de cincuenta años de conocer a alguien, ¿Cómo actuar? ¿Qué creer cuando te has quedado vacía con la esperanza rota, la confianza hecha añicos? ¿A quién creerle a ese yo que te dice que te quedes con los buenos momentos, con la felicidad que en su tiempo ese personaje infame te dio y cortar la mala hierba, quemarla, desaparecerla? La hija de Gisèle Pelicot -Caroline Darían-, destrozada por dentro le pide a su madre despertar de esa pesadilla, de esa ingenuidad por atarse a un “buen hombre” que jamás existió porque la verdad es que, siempre estuvo ahí, sólo que ninguno de ellos, de esa familia jamás lo quiso ver. Porque un hombre que coge a unos gatitos recién nacidos, los mete a una bolsa y los ahoga, no puede ser una buena persona, ni un buen marido, ni siquiera un buen padre. Las banderas rojas estaban ahí desde el trato violento que éste recibía de parte de su padre. De esa misógina y ese maltrato físico y mental que recibía su madre. Un ciclo que no se rompe, no se rompe, ojalá se rompiera.

– (Un himno a la vida. Mi historia. Gìsele Pelicot. Edit. Lumen. / Y dejé de llamarte papá, Caroline Darían. Edit. Seix Barral / Para que no se olvide. Caroline Darían. Edit. Seix Barral.)

Leer autobiografías no es fácil. Sorprende. Confirma. Te das cuenta del por qué escriben de tal o cual manera los más dotados en palabras. Casi podría decir que los que nos narran no son simples fantasías sino un mundo que ya destruido nos los regalan para que se liberen de todo ese dolor. Algunos se identifican, otros se maravillan, y de pronto la reflexión.

Truman Capote me narró en más de cien páginas el asesinato de una familia, a Sangre Fría. Sin contemplaciones ni arrepentimientos. Solo dispararon a cada uno de sus miembros, y la vida terminó. Buscaban una fortuna dentro de una caja fuerte que jamás hallaron ni dentro ni fuera de la residencia. Tan sólo se llevaron cincuenta dólares y cuatro almas dentro de sus bolsillos. ¿Una obra maestra? Dicen que la vida de Capote dio un giro impactante, algunos dicen que se terminó. Logró lo que tanto anhelaba: tener los reflectores sólo para él, ser el centro de atención. Jamás volvió a escribir nada con ese fervor, se sostuvo de todo aquello que sabía lo destruiría. El arrojo con el que escribía se esfumó, quizá haber manipulado todo a su favor para tener su final esperado le hizo pagar las consecuencias o tal vez sea sólo mi percepción de las cosas.

(Truman Capote, A sangre fría)

Esto no es más que un relato desgarrador de una hermana que no comprende por qué su soledad, su violencia verbal le hizo tanto daño a su pequeño hermano. Él hizo lo que ella nunca se atrevió a hacer: apretar el gatillo. Una familia rota construye hijos rotos, caminos anegados de una culpa adoptada, de remordimientos y lágrimas; de enojos y recelos que golpean el alma. Ese pequeño hermano ante los golpes y humillaciones que su padre le propinaba, le orilla a guardar silencio, a voluntad pierde el habla y si se trata de hablar, los monosílabos le bastan y sobran. Opta por no pensar, ni esperar nada de nadie, y se hunde hasta que la vida lo suelta y él se deja soltar. ¿Cuántas familias rotas crecen alrededor nuestro sin que nosotros lo sepamos? ¿Cuántos pierden el brío de la vida porque otro les ha lacerado el corazón y las ganas de continuar? Un hombre se dice padre y a su vez se burla de ellos, los hace enemigos, intenta deshumanizarlos. Los enfrenta, los destruye, los reacomoda, mientras manda a la madre al hospital porque sus puños casi le destrozan el rostro. Cuando se puede desprender de él, ya es demasiado tarde para uno de ellos. Solo los define la violencia y el estar en perpetua defensión. ¿Qué clase de ser humano puede destruir el alma de otro ser humano? Los patrones se repiten, la crueldad, la venganza. ¿Cómo volver a tomar el timón cuando todo está hecho trizas? Detestabas que tu padre golpeara a tu madre, que humillara a tu abuela y golpeara sin razón a tu pequeño hermano, sin darte cuenta te comportaste igual a tu padre, el más débil recibió ese maltrato y ese era tu hermano: el indefenso, el más apegado a tu madre. Aprendes a pisotearlo, lo ofendes y después te disculpas y él sonríe porque sabe que pronto terminará y cuando termina no comprendes el por qué de tu actitud hacia con él si era lo que más detestabas de tu padre, pero es demasiado tarde, él ya no se encuentra en ningún lugar. Te has quedado sola, tan sola como tu madre que se le ha terminado el mundo porque su mundo era tu hermano y no tú. Tú sin desearlo te convertiste un poco en tu padre porque querías estar del lado del más fuerte y sabes que te quedaras sin tu madre también y sabes que tendrás que afrontarlo.

 – (Entre los rotos. Alaíde Ventura Medina. Edit. Random House)

La literatura salva y te aprieta de la mano y te jura que no te ha de abandonar jamás y le crees al grado de amarla más. El celular te recuerda que has batido el récord de tu tiempo de lectura y sonríes feliz porque estás dispuesto a leer más y más.

Cuando era una adolescente me enamore de un chico de ojos claros y cejas pobladas y cabello ondulado. Su loción me quedó impregnada en mi olfato a pesar de todas las primaveras que han pasado. Su voz retumbaba en mi corazón porque sus desaires me hirieron y para aliviar ese desamor leí a Goethe. En aquel tiempo pensé que la desventura del joven Werther era una copia exacta de mi corazón humillado y maltratado, a pesar de su final, me sentí agradecida porque Goethe me había salvado de mi propia autodestrucción. Cuando uno es adolescente se cree o Rosario la de Acuña o Acuña mismo. Pensamos que hemos de morir de amor, nos flagelamos y juramos no volver amar a nadie. Presiento que lo de “amar a nadie más” sea cierto, porque después vienen otros amores, pero se ama con otra intensidad, muy distinta a la primera. La vida sigue, no se detiene porque un baterista te haya dicho que no y entonces te haces escritora y lectora porque vives, porque la vida se presenta y la quieres vivir y vuelves amar, te entregas nuevamente.

La literatura siempre me ha acompañado y también se ha ausentado cuando mi corazón navega por un duelo tan fuerte que le es imposible en ese momento entrar libremente por mis sentidos. Se aleja un poco, espera tranquila, sin aspavientos, hasta que por fin la llamo y la vuelvo amar porque sé que ella me abraza y agradezco al buen Dios que sea de esa manera.

Recuerdo el título de una novela de Milena Busquets que esta tarde lluviosa de primavera me hace un fiel recordatorio: “También esto pasará” – es un proverbio persa que significa que ni la tristeza ni la alegría son permanentes.  

¡Gracias por la lectura, sean dichosos!

Deja un comentario