Por Lenin Rojo C
De obscura claridad
El Sirio la explica, pero no la alcanza, o bien la alcanza y entonces no se la explica. La rodea, la sigue, la acecha, estudia sus estrellas, repasa sus planetas y cálculos, pero cuando se lanza y creyéndola una presa segura, N, se desvanece y sus estrellas no alcanzan y sus círculos se le deshacen entre los dedos, como cuentas inútiles de un collar imaginario que él, el Sirio, tuviera que ensartar una y otra vez, sin alcanzar nunca a verlo completo.
Sirio- Su carta astral me lo dice todo y no me dice nada.
Es la carta de un volcán o una estrella. Yo soy su astrónomo feo.
Narigón, encorvado, sesgado, negro o gris, renco, tartamudo, torpe, de ceja hirsuta, voz grave y ronca, seguramente lo único que me distingue para bien, son los ojos, son magníficos incluso para mí; quiero decir que sólo hacen más lastimosa el resto de mi persona.
Mas no importa lo que yo sea sino lo que digo y digo que N, es como un demonio- por inconsciente -que va pasando a lo largo del Zodiaco y prende, ilumina, da vida a las figuras ocultas y manifiestas de este juego.
Y por eso hablo de ella como un volcán o una estrella, aunque debería decir tal vez decir de un cometa -por errante, por excéntrico-, al unir las estrellas por las que va pasando con su inconsciente cauda, revelan una forma que ni yo he llegado a conocer, como buscador de cuerpos estelares.
Así también se da vida a sí misma; su fatalidad quizá sea no darse cuenta a tiempo. ¿Cómo advertirla?
XXX
N, es roja, como el deseo que se hincha o la esperanza que entrevemos de tarde en tarde, es roja como la sangre, como la espera a punto de terminar, como las habitaciones donde se desean los sueños más secretos. Es redonda, voluptuosa y roja. Como las piñatas de sueño que no sabemos que traen en su interior. Como las tardes de un verano que no se agota en promesas, como el deseo que no se extingue.
Don Juan- Yo también soy su nostalgia. Yo también soy esa piedra gris y roja que sangra cuando la recuerda. Ella también es mi desesperanza. Nunca creí que en un nombre de mujer pudiera caber mi transfinito amor. Yo también fui un pájaro errante en el inmenso sillón de su recuerdo.
Yo tampoco supe huir a tiempo.
Con palabras, mejor aún que con mil besos, logré llegar a la yugular del deseo, con palabras medidas y reguladas supe conquistar y exaltar las ansias por mí. ¡Haber caído de ese cielo es un pecado aún más grande que el del lucero de la mañana! Mi naufragio es más hondo que el de Sinbad, mi nausea se ha vuelto lenta, como los sonidos pesados, el aire exasperante como si todo, y no sólo yo se resintiera del vértigo de su ausencia y soy de este abismo un fantasma inquieto.
La orfandad última es haberte tenido y después perderte. Nací huérfano y sin embargo nunca tuve esta nostalgia. Este pañuelo azul y blanco tan deslavado. Esta ausencia en el alma. Soy un hombre entrenado a entrar y salir sin culpas, soy el aire o mejor su olor.
Con alas de paloma tejí mis rojas redes, en suavísima seda cubrí mi tacto, y mis pasos en deslizar gatuno, aseguré mi red y como siempre, confiado, me di a esperar.
Mi gloria estriba en mi nombre, que ellas repiten sin cesar. ¡Ser como el aire! Estar en todas partes, en el verbo extraño, en el pulmón que recibe pleno, o la boca que se llena al pronunciar mi nombre.
Ser el ansia negra o roja, ser el blanco-negro de la espera y no saber esperar. Ser la impaciencia en ellas.
Don Juan -a mí y a mi elemento, el aire se nos ha confundido mucho. Las palabras son las calumnias más grandes que se nos han lanzado. Tuve amantes en cambio, que así; por el olor, me llevaron siempre en sus vidas. Si para algo sirve el aire además de llenar la nariz de los imbéciles, ese algo es para llevar mi olor o por lo menos, sus huellas.
XXX
¿Porqué, efectivamente, cómo recordar lo que no huele?
La memoria, esa fuga hacia atrás, esa reparación, es la mejor amiga de Don Juan. Aunque él se concibe a sí mismo como un portento y una fuga hacia adelante; lo es así, porqué alguien guarda, en el pasado, su olor. Él cree que conquista por medio de la palabra: esa impronta en el aire. Creemos que es su apostura, su valor, su increíble audacia, creemos en todas esas cosas y no nos percatamos que el pobre es, en realidad, un polinizador de olor, su huella.
Don Juan- el olor ninguno, esa es N. El olor es el vuelo al ras. La manera íntima de comunicarse de las savias es el olor, el olor es la procreación en acto, la más ciega y la más insaciable de nuestras nostalgias; por el olor el mundo se vuelve horizonte, crece a lo largo y a lo ancho, se multiplica y se une. Pero también por un aroma descubrimos un secreto y un mundo se pierde.
Pero también un olor o su falta puede ser la encarnación de lo más intolerable. Pero también de olor se duele. Cómo este presente que soy y que cuelga, rengo, en el aire.
Amamos el vino y no sabemos lo que debemos al olfato, pero un experto, un catador, debe a su sensibilidad olfativa eso por lo que es reconocido su talento; el buen vino empieza a degustarse por el aroma, como el café, como el cogñac, como la pintura al óleo, como la mujer.
XXX
Don Juan- Y sin embargo…
El olor ninguno esa es N. Si hiciéramos una equivalencia con los sabores, si pudiéramos llenar nuestro mundo con los sabores más raros y exquisitos, al poco tiempo descubriríamos que la búsqueda del sabor ideal nos habría echado a perder el gusto y entonces seguramente la cosa que más desearíamos sería un gran vaso con agua desnuda y fresca.
Así pues, el olor ninguno esa es N. En el agua se resumen todos los sabores, pues el agua es su suma y su negación.
Por eso el asceta pierde y funde simbólicamente su mundo con el del Espíritu, el mundo que carece de olor, por eso el libertino muere por el olor.
Así en N se rezuman todos los olores de mujer. Por la sencilla razón de que ella no es un olor recordado sino un olor ido e imposible de recordar. Y porque por alguna quimera ese olor no nos sitúa en el pasado sino en el futuro y el olor del futuro es por imposible, por definición.
En el agua se resuman todos los sabores porque ella los niega y los suma. Así en el aire ¿por qué cuando éste-el aire- deja de ser sostén de algún olor, a que huele?
No huele a nada.
Huele a azul.
XXX
Y aunque Natalia es roja, sólo un azul tan imposible es su ausencia, sólo un azul tan raro, por escaso, sólo un sabor sin sabor como el agua que se transforma en aire-purísimo-
Así sería el alfiler con el cual yo clavaría su sed en mi garganta para siempre.
Tepoztlán, 31/III/2026


