Por: Julieta E. Libera Blas
“Y por primera vez le tuve envidia al cielo, pues te tendrá para siempre”
A: María Estela Yépez Izquierdo.
Queridas lectoras y amables lectores:
Alrededor de las cuatro de la mañana un dulce canto me despierta de mi letargo. Abro los ojos poco a poco, me estiro, busco mis lentes pensando lo peor: “quizá los haya dejado debajo de mi” afortunadamente se encuentran encima de mi cabecera. Me levanto con cierta fiaca no sin antes buscar mis pantuflas y al no hallarlas piso la duela fría. Dicen que la curiosidad mató al gato, pues sin interesarme en lo absoluto dicho refrán camino hacia el ventanal de mi alcoba, abro con cuidado para no inquietar a los perros. Lo primero que veo es la media luna que me sonríe, localizo en un santiamén a Venus tan luminosa y constante. Busco de donde proviene ese piar mañanero, es cuando observo con encanto que en la copa del árbol de mis vecinos una camareta de “Primaveras” trinan como si fueran las siete o diez de la mañana. Sonrío al escucharlas, me siento tranquila, tal vez segura o quizá bendecida por un buen Dios que nos recuerda que efectivamente la vida puede ser más bella de lo que imaginamos y que sólo es cuestión de saber apreciar los momentos que nos obsequia con esa alevosía que sólo ella sabe dar.
Regreso a mi cama no sin antes cerrar un poco la ventana porque el frio de la todavía madrugada cala, provocando que mi nariz, mis brazos y mis manos se enfríen por completo. Miro con osadía a las primaveras y las envidio un poco porque ellas son tan libres, al grado de tocar casi el cielo.
En estos días de desconcierto, mi corazón se ha sentido un poco solitario, no abandonado pero sí intentando aliviar un dolor y un vacío. Entre mis olvidos para no pensar en ciertas situaciones he acertado a devorar libros, novelas y biografías; ignoro las sagas llenas de fantásticos personajes inexistentes en esta Tierra, aparentemente, porque no le encuentro sentido. Desde niña les tengo cierto repelús a esas historias, ignoro el porque. No he escrito ni un solo cuento desde hace algunas semanas, tal vez le esté prendiendo fuego a mi propio desinterés y puede que lo incendie para liberarme de tanto absurdo que he permitido crecer. Al ver esta escena de las Primaveras trinando a las cuatro de mañana como si el Sol ya estuviera en su máximo esplendor recordé de cómo la escritura y la lectura me ha salvado siempre del desastre, de la hecatombe o de mi exilio voluntario.
Recordé con alegría a Carmen Ruano, la madre de mi mamá, esa mujer que de niña su madrina le exigía empezar a hacer el nixtamal a las tres de la mañana para que les diera el desayuno a los peones. La mujer de sonrisa amplia y risa escandalosa contagiosa. La mujer que tenía una gemela pero que no era idéntica a ella, pero no eran “cuatas” – decían sus hijos. “Gemelas” decía mi madre con enfado porque los demás insistíamos que no se parecían en nada. Ni los ojos verdes se heredaron entre ellas, Carmen fue la que los llevo brillantes hasta su último día en este mundo y se los contagió a sus hijos y algunos de sus nietos. Nosotros no los heredamos, ninguno de los tres, sólo mi madre tiene esa mirada cálida color verde oliva. Le envidio sus ojos que se pierden y se traslucen en medio de mi caos.
Cuando Reyes construyó la casa en donde por años y años vivirían sus hijos y su amada esposa Carmen; una pared lució por décadas una hilera de jaulas de varios tamaños y colores. Carmen, acostumbrada a levantarse por años a las tres de la mañana, seguía haciéndolo a pesar de todos sus años a cuestas. A las cinco de la mañana ya estaba organizando su día, qué desayunaría, qué haría de comer, todo lo que acostumbraba a hacer. A las siete de la mañana entraba al cuarto de costura en donde metía todos los días aquellas jaulas llenas de múltiples pájaros que iban desde canarios, periquitos, gorriones y demás. Limpiaba sus jaulas una a una, lavaba las pequeñas vasijas de barro café oscuro en donde bebían agua. Con arte sinigual soplaba los trastes que contenían el alpiste, para ponerles más. Cortaba pedazos de manzana y mango, algunas veces ponía palitos de alpiste con otras semillas. Arriba de las jaulas les ponía una tela delgada blanca para que no los quemara el sol. Al unísono de toda esta ceremonia ella silbaba a sus tesoros animosamente, les hablaba, los revisaba para ver que no estuvieran enfermitos o tuvieran corucos; más valía prevenir que lamentar porque sus años la había hecho sabia y entregada a ellos que todas las mañanas y todas las tardes le obsequiaban un canto exquisito.
Una vez que estaban todos listos, los iba sacando uno por uno, algunas veces la ayudaba Reyes, otras sus hijos o sus nietos, así hasta que completaban la hilera, tal vez eran más de cincuenta. En alguna ocasión mi madre me contó que llegó a tener casi cien y no piensen por un segundo que los tenía amontonados en una sola jaula. No. Carmen era precavida porque los ponía por parejas; vio a muchos nacer y en ciertas ocasiones llegó a salvar a uno que otro del pico asesino por instinto de su padre que al verlos débil quería deshacerse de aquella calamidad. Era fantástico verlos nacer, ver cómo desde el primer segundo buscaban a su mamá ahí refugiados en su nido. Nidos invencibles, fuertes, hasta que los abandonaban y Carmen los depositaba en otra jaulita.
Años de su vida Carmen tuvo la dicha de cuidar sus pájaros, amaba hacerlo. Cuando nos cambiamos de casa le regaló a mi madre unos cuantos. Y yo los escuchaba con embeleso a esos canarios que trinaban como si no existiera un mañana.
Recuerdo que cada sábado que íbamos a visitarlos salía al patio para verlos y ahí estaban en pleno jolgorio. Subía las escaleras despacio para verlos. Me gustaba los colores de los periquitos; azules, verdes, amarillos, rojos. Me gustaban los gorriones pero no más que los canarios, de éstos adoraba su color amarillo y esa ternura que puede desarmar a cualquiera. Su pipiar me daba fuerza y energía, ternura y alegría porque todos ellos representaban a Carmen, mi abuela, a la que enseñaron a llamarle “Mamá” sin que me creara confusión o abandono.
Una vez la encontramos llorando, alguien había abierto una de las jaulas y dos de los canarios se habían salido, aunque uno regresó el otro sólo desapareció para siempre. Estaba muy triste y no, no era remplazable, ninguno de ellos lo era.
Lo mismo sucedió cuando se enfermaron y más de uno murió entre sus manos o sólo los encontró dormidos en sus nidos. Siempre lamenté no haber podido arrebatarle esa tristeza a mi amada “mamá.” La abrazaba como la niña que era y quería revivirlos, pero ya se habían marchado a otro lugar, supongo a uno mejor –diría Juan de Lobos-, a un mundo paralelo.
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Con el tiempo las jaulas fueron quedándose vacías, la hilera empezó acostarse, el trinar desapareció casi por completo. Carmen creció como sus hijos y sus nietos lo hicieron. A pesar de que los nietos le ayudábamos a meter las jaulas e intentábamos cantarles como ella lo hacía, no nos alcanzaba ni la voz ni la fuerza y tal vez las ganas. Sobre todo, cuando estás descubriendo el mundo y los juegos cambian y los intereses. Para los hijos de Carmen era un compromiso desgastante y un gasto innecesario. Mi madre no tenía el suficiente tiempo para cuidar pajaritos por más que se lo pidiéramos y después de que un gato casi mata a sus canarios prefirió apoyar a sus hermanos para que Carmen, su madre, cuidara a los pocos que ya quedaban. Porque como hijos no sólo eso los atormentaba sino el hecho que fuera a caerse del banco o se resbalara.
Duró poco porque después de aquella fatídica reunión de qué hacer con los pájaros, mi papá Reyes falleció. La vida entonces cambió rotundamente para la familia. Tal vez a los meses el último canario murió y fue así como un ciclo de cerró, uno muy bello al que cada vez que recuerdo lo hago llena de nostalgia, una que no tiene precio. – ahora mismo recuerdo que Carmen tenía una habilidad para reconocer entre un pájaro y un pájara. Y lo decía con una firmeza que nadie intentaba rebatir porque era cierto y más cuando “se echaban” las pajaritas para esperar y esperar hasta que nacieran y vinieran a cantar a este mundo raro.
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Días atrás, conversando con una amiga me platicó cuando sus abuelos allá en su pueblo vendían pájaros. Temprano salía su abuelo de su casa con la bendición de su abuela. Caminaba por mercados, calles, callejuelas y el mismo centro. Llevaba bolsitas de papel estraza para depositarlos ahí una vez hecha la compra y le iba bien en aquellos años porque con ese dinero le dio de comer su esposa y a sus hijos. Tenía muchas clientas que no paraban de buscarlo porque les gustaba tenerlos en sus casas para que la embellecieran con su trinar. Mi amiga Marina recuerda cuando se peleaban y aquello parecía batalla campal porque entre las pajaritas se desplumaban y tal vez hasta el ojo moro se dejaban. Su abuela les hacía parar para que no se hicieran daño. Las ponía en paz y todos se quedaban callados hasta las seis de la tarde que exigían les echaran la manta oscura para que por fin pudieran dormir tranquilamente.
Con el tiempo sus clientas al igual que con Carmen dejaron de ocuparse de sus pájaros, no por falta de amor sino porque su salud comenzó a mermar y también la del pajarero, que era su abuelo. Las caminatas ya eran maratónicas y muy pesadas porque no sólo cargaba jaulas y vidas sino los años que no perdonan. La vida se va haciendo estrecha y quebradiza porque dicen los que saben que una vez que cumples dieciocho, la vida se va como agua, ¿será cierto?
Todo termina menos el cantar de los pájaros antes de las cinco de la mañana.
Todo termina menos las disputas entre ellos por quedarse en la copa más alta de un árbol.
Todo termina menos los recuerdos que nos dejan al ver un nido colgando de una rama: señal de vida, de amor.
IV
Cada mañana mi madrina bajaba a su cocina de baldosas color café oscuro. El lugar en donde vivían, en aquel tiempo estaba rodeado de árboles así que el clima era increíblemente frio, podría decir sin equivocarme, a pesar que han arrasado casi con el bosque, aún el clima es muy distinto al de la Ciudad de México. Encendía la luz e inmediatamente después la cafetera, imperdonable no tomarse una buena taza de café en compañía de sus hijos o de su marido, mi padrino. A continuación, abría despacio la puerta que va hacía una pequeña terraza en donde fueron construidas dos casitas medianas para que bajen los pajaritos a comer una buena dotación de alpiste, beber agua y por qué no, hacer amenas las mañanas con su cantar tal cual lo hicieron durante años.
Hace un par de años, mientras tomaba mi café caliente porque sentía un intenso frío y desde el mismo lugar en donde mi madrina seguramente con una paz arrasadora miraba a los pájaros bajar hacia dichas casitas para comer alpiste y beber agua y ofrecerle un canto bellísimo, me encontraba yo embelesada al ver exactamente lo mismo. Hubiera querido disfrutar con ella aquel momento, conversar y sonreír por la paz que ofrecen. Al salir de aquel pensamiento, abrí la puerta para ponerles alpiste, les llame haciendo ruidos extrañísimos, con timidez intentaron bajar, pero no me conocían. Era una extraña que usurpaba el espacio de mi madrina. Les rogué que bajara, pero no tuve éxito. Entré a la cocina de nuevo, cerré lentamente para que el ruido de la herrería no los ahuyentara. Me quedé observando para ser testigo de ese milagro que hace cuatro años todos esperábamos para ella, y bajaron a comer, sus alas se extendieron desde la pared más alta de la casa hasta entrar a las casitas. Algunos se quedaron en la enredadera mientras cantaban; mis ojos se llenaron de una emoción que sin querer duele, pero sonreí porque sé que de alguna manera mi madrina Estela está con nosotros, cantándonos, disfrutando de esa eternidad que brilla intensamente, solo para hacernos saber que a pesar de su ausencia la vida en serio es eterna.
¡Gracias por la lectura, sean dichosos!


