Por: Julieta E. Libera Blas
“Más allá de Marte se encuentra el cinturón de asteroides. Allá en donde se encuentran los escombros de un planeta que jamás se formó”
Queridas y amables lectores:
Rodeado de amor y lágrimas, justo a las 23:04 de la noche, un pequeño chihuahua, le decía adiós a su familia. Su corazón dejó de latir, sus ojos quedaron entreabiertos, mientras que sus preciosas orejas quedaron estoicas, como si desearan recibir un último consejo o una última “orden.” Mi madre lo miraba casi desde lejos pero sus manos no dejaron de acariciarlo ni un solo momento. Mi padre, fuerte como el roble que eligió ser, cargaba a su hermoso Suni, quien lo acompañó por breves trece años, mismos que se fueron como agua entre las manos. Los demás, “sus hermanos humanos” nos quedamos en silencio aunque las lágrimas nos delataban cada vez que su respiración iba cediendo a los brazos de la muerte. Brazos que arrullan sigilosamente a ese eternidad que todos en algún momento hemos de visualizar.
Suni fue el compañero inseparable de mis padres. Astuto. Inteligente, lleno de ternura y de bondad como su nombre lo indica pero también lleno de gallardía y una valentía envidiable. Un cuerpo pequeño de fauces mordaces si alguien osaba inquietar a sus “padres humanos.” Siempre guía con su ladrido incomparable y esos ojos llenos de un amor que hoy se extienden a sus cachorros que nos dejó para seguirlos amando tanto como a él lo amamos.
Suni llegó una mañana fría del mes de noviembre. Su llanto lleno de asombro, inquieto, lleno de miedo me despertó. Bajé las escaleras corriendo pensando que algo le había pasado a mi querida Mischa pero al entrar a la cocina me encontré con ese pequeño chihuahua color café. Al verme lloró sin control mientras mi madre intentaba calmarlo con palabras dulces. Una vez que fue presentado a cada miembro de la familia nos dedicamos a buscarle un nombre que fuera digno para ese cachorro que mi hermano, mi cuñada, su hermana y su sobrina rescataron de una muerte segura. El inicio de su vida no fue llena de mimos ni de amor. Muy temprano lo sacaban al patio del edificio en donde vivía; su dueño trabajaba durante todo el día. La mayoría de las veces los vecinos le arrojaban desperdicios de comida y le llenaban su bandeja de plástico para que al menos bebiera agua. Los días era largos, sufría de frío y de calor y de un abandono que deseo pensar que no fue por el simple hecho de quebrantar su alma sino porque los horarios de su dueño no eran factibles para que estuviera a su lado.
Un buen día, a la hermana de mi cuñada – quien sólo laburaba en el edificio– le llegó el rumor infame de que algunos de los vecinos hartos de la suerte del perro lo llevarían al “bordo” para que ahí o se perdiera o se muriera; las garras de aquel lugar harían lo suyo. Rápidamente se lo comentó a todos los ya mencionados; tomaron la decisión acertada de “sustraerlo” del lugar pero no se exalten o se acongojen, el dueño no hizo nada por buscarlo al notar su ausencia. Así fue como el día once de Noviembre, más o menos a las siete de la mañana lo sacaron del edificio. La historia de Suni comenzó a escribirse en nuestra familia.
¿Qué nombre adoptaría ese chihuahua? Intenté convencerlos de llamarle “Quincy” – un pastor alemán gallardo, tierno, que acompañó a esta familia durante más de una década. Un perro tan grande como fue su corazón – a pesar de mi insistencia no pude convencerlos aunque al pasar de los años algo nos decía que nuestro amado Quincy de alguna manera había reencarnado en ese pequeño chihuahua tan lleno de vida y travesuras. Buscamos infinidad de nombres hasta que en una lista de nombre coreanos, leímos entre líneas tan dichoso nombre: Suni, que significa “Bondad.”
Compañero cauteloso y mimado de mis padres, consuelo de sus lágrimas, alegrías y dolores. Territorial como todo buen perro guardián. Más que un animal o una mascota era parte de esta familia; se convirtió también en el compañero inigualable y magnifico de Mischa y Tête. El tiempo fue pasando de a poco, crecimos a su lado, escalamos alegrías, éxitos, duelos, fracasos pero siempre nos mantuvimos unidos.
Todas las mañanas ladraba para salir del cuarto de mis papás porque le urgía tomar el sol sobre el toldo del automóvil. En ese lugar podía vigilar quien entraba y quien salía. Ladraba sin cesar a las palomas, a los pájaros, a los niños y niñas que gritaban sin parar mientras reían sin parar. Levantaba las orejas en señal de alerta cuando una persona ajena a la casa se acercaba. Cuando mi padre lo cargaba y salían a caminar o lo llevaba a los distintos lugares que él debía de acudir, Suni no permitía que nadie se le acercara y quien osara a hacerlo se las vería con sus pequeños dientecitos afilados genuinamente. Mi madre cada tarde lo cargaba para que ambos durmieran después de la comida. Recuerdo los ojos llenos de lágrimas de mi madre aquella noche en que Suni eligió partir a ese más allá que nos indica y nos recuerda que todos tenemos un final.
Ocho años atrás y después de ciertos días álgidos debido a la prematura muerte del apéndice de mi hermano, mi madre recibió a una hermosa chihuahua de ojos verdes a quien después de varios días le pudimos nombrar “Kimi” (“Belleza”) y si bien es un nombre también coreano, digamos que fue en honor a “Kim Novak” actriz estadounidense de los años cincuenta. Elegimos ese nombre porque papá tiene cierto gusto por ella, al igual que lo tiene por Marilyn Monroe y Sofía Loren. En cuanto llegó a la casa, mamá la arropó y la llenó de dulzura, pero la amistad entre Tête y Suni, se terminó pues Kimi le prohibía terminantemente que se acercara a mis hermosas “niñas” – provoca risa pero Kimi no permitía que Tête se acercara a Suni y si por alguna razón los descubría juntos tomando el sol o compartiendo juegos ésta le pegaba a los dos llena de una ira o o una fuerza sorprendente.
Sucedió que al tiempo Kimi y Suni se emparejaron y tuvieron cuatro hermosos cachorros; mi mamá por razones de puro amor, se opuso determinantemente a darlos en adopción pues temía que los abandonaran o no les dieran el amor, atención y cuidados necesarios. Ésos cuatro pequeños son la extensión de Suni, de ese amor inquebrantable que sólo los humanos y los animales pueden tener, haciendo de esto un vinculo perfecto. Es así como Suni nos recuerda que nadie se va del todo.
II
Mi relación con Suni no fue la mejor, de hecho era áspera, incómoda. A la primera oportunidad intentaba morderme o me gruñía. No permitía acercarme a mis papás y si osaba acercaba a uno de ellos sucedía un sinigual concierto de ladridos que sólo se contenía cuando cambiaba de rumbo o decidía no acercarme. En una ocasión intenté ponerle su ropita, una color naranja muy llamativa, ingenuamente pensé que me lo permitiría. ¡Vaya mordida que me lleve! Salí enojada y frustrada del cuarto de mi madre. En algunas ocasiones lo encontraba en mi habitación echado en una de las camas de “mis niñas” y ahí quieto, seguro y profundamente dormido podía acariciarlo sin temor a perder un dedo.
Suni fue tan amado que lo llevaban a paseos largos en compañía de toda su familia, era un pequeño rey con una aureola alrededor de su cabeza y de su corazón, en vez de una corana de oro y diamantes. Conoció carreteras, pueblos, casas de campo, pero también centros comerciales, y el periférico. Condados, calles, avenidas, céspedes y árboles de distintos lugares.
Pero no todo fue miel sobre hojuelas, Suni tuvo un archienemigo dentro de la casa. Hace ya unos años mi hermana rescató a un pequeño perro, cruza de chihuahua con gnomo intransigente, a quien llamó “Coco” – ignoramos de donde proviene su nombre. Cual perro territorial no permite que nadie se acerque a la guarida de su “madre humana.” De uno años para la fecha se ha jurado morder a los que intentan hacerlo, sin mas remordimiento que el de su mala suerte por no tener éxito en dicha acción. Al menos sabemos algo, pese a su locura, sabemos que si mi hermana no lo hubiera rescatado hoy no estaría vivo.
Suni y Coco se correteaban por toda la casa, uno mordía al otro o se empujaban en las escaleras. No recuerdo cuántas veces tuvimos que separarlos en plena riña o regañarlos para que fluyera la paz entre ellos. Bien recuerdo que al día siguiente de la muerte de Suni, mi hermana acercó a Coco para que lo olfateara pero éste se echó hacia atrás seguramente pensando en que ya no tendría con quien pelear o con quien intentar jugar o posiblemente pensando que la muerte es muerte en donde sea y con quien sea.
Cuando debía de cuidarlos porque sus respectivos dueños tenían que ausentarse, ambos se subían a mi cama sólo para medio dormir y medio comer pues la rivalidad era permeable y permanente hasta que el sueño los vencía. En ese momento se convertían en un par de ángeles que cualquier humano desearía. Suponemos que esa actitud provenía del coqueteo insistente de Kimi hacia Coco y al notarlo Suni y verlos juntos, éste repartía mordidas al aire, gruñidos y ladridos mientras que la susodicha se retiraba al jardín sin más aspavientos que el regaño de la nada e insolente que le daba a sus hijos que ni la debían ni la temían.
III
Cuando Mischa enfermó gravemente, Suni nos compartió sus horas, sus días y sus noches pero también sus madrugadas. Fiel al cariño y a la amistad que le tenía a Mischa, nos acompañó hasta el final. Una vez que Mischa murió, mi corazón se sintió devastado. Me sentía desconsolada. Una parte de mi vida se había quedado sola; mi compañera de casi veinte años se había marchado y no la volvería a ver dentro de algún tiempo.
Como todo buen perrito territorial no le agradó del todo sentirse desplazado por sus retoños, le hostigaba ser parte de tanto embeleso y cariño que le tenían y sin más decidió bajarse a dormir a la sala. Mi hermana al ver aquello le compró una camita color roja, la cual conservo con cariño. Por las tardes podíamos ver a Suni tomando su siesta a lado de su amo y haciéndose bolita cada noche. Cuando Mischa se marchó y al notar mi tristeza, Suni me adoptó. Durante un año se unió a mi vida y yo con tremendo jubilo, orgullosa decía: “¿Saben que tengo un perro nuevo? Y me respondías: ¡Y es, horrible!” de inmediato lo acariciaba diciéndole que era el perro más hermoso del mundo. Se convirtió de la noche a la mañana en mi compañero y guardián. Si osaban molestarme o intentaban acercarse les lanzaba con sus fauces abiertas una advertencia. Todas las noches me esperaba para que nos retiráramos a dormir. Cuando salía por las noches y llegaba entrada la madrugada, al abrir la puerta lo primero que veían mis ojos era a Suni hecho un ojivo arriba de una de las sillas. Despertaba y saltaba hacia mi para que lo cargara y nos fuéramos de inmediato al cuarto. Lo acostaba en mi cama, lo arropaba bien y miraba con ternura cómo poco a poco se iba durmiendo nuevamente.
Un pedacito de carne llamado Suni, abarcaba casi toda mi cama, al ver eso me hacia bolita en un rinconcito de ésta para dejarlo dormir a sus anchas. Como no nos conocíamos del todo, diariamente debía de preguntarle a mi madre, qué significaba si ladraba por la madrugada o si me lambia la mano o rascaba mis piernas, cada acto tenía un significado.
Recuerdo que animosamente publiqué en Instagram una foto de Suni en donde lucía radiante envuelto en una manta color morado, la cual era su preferida, mientras sus ojos grandes resplandecían como estrellas. Al pie de foto escribí que me sentía profundamente agradecida con él por su compañía y por haberme adoptado. Me hice una promesa y se la hice a él, acompañarnos hasta el final, hasta siempre. Continuaba con un largo suspiro en donde se leía: “el día que te vayas me romperás de nuevo el corazón.” – un mes y medio después de la publicación de esa foto, Suni se había marchado.
Durante el tiempo que estuvo a mi lado, lo arropé con camisetas, suéteres, le pusimos un disfraz de “perracula”, mientras le tomábamos una fotografía gruñía como si lo estuviéramos amenazando con un baño, porque he de decirles que para él era un atentado a su libertad el pretender bañarlo. Lloraba escandalosamente mientras mi mamá lo intentaba convencer para que aceptara el baño, mientras que Kimi lo miraba con cierta pena, tal vez pensando, “¿y ese es el padre de mis criaturas?.” En su última Nochebuena lo vestí de Árbol de Navidad con todo y esferas minúsculas hechas de estambre, pero mi papá al verlo inquieto y escucharlo lloriquear un par de veces, decidió quitárselo.
El final
Una mañana de octubre me despertó su leve llanto, lo miré preguntándole qué le sucedía, lo acaricié, lo lleve al jardín, le ofrecí de comer, de beber pero no cambió su actitud. Esperé a que mamá se despertara para preguntarle por qué estaba comportándose de esa manera tan rara; al mediodía estábamos en la veterinaria, su médico de toda la vida lo atendió y lo mimó. Se les hicieron unos estudios y por la noche nos notificó que tenía una leve daño en su hígado. Se le atendió con medicamentos, se le dio distinta comida. Al parecer todo marchaba bien hasta que los días tranquilos se esfumaron. Pocos días después nos encontrábamos de nuevo con el veterinario; una lesión en sus vértebras amenazaban con una invalidez total y sucede que hace menos de seis años al estar sobre el toldo del auto y quedarse dormido, se cayó lastimándose su columna vertebral. Erróneamente al terminar su tratamiento pensamos que la lesión había sanado pero nunca sucedió de esa manera.
Pasaron los días y su salud fue empeorando, decidimos buscar otra opción o mejor dicho: erróneamente les sugerí buscar otra opinión. Nos confiaron al mejor neurólogo pero éste, a mi ver, sólo miró a Suni como un grato ejemplo para su tesis. Decidió no realizarle una radiografía que “urgía,” comentándonos que no se encontraba en una situación delicada porque aún podía caminar sino del todo bien, pero sí podía moverse. Decidió posponer su estudio durante quince días, al siguiente día que era lunes Suni no volvió a caminar. No funcionaron ni los medicamentos, ni los mimos, ni los ruegos a San Francisco, ni los masajes que se le daban. El miércoles por la mañana lo noté molesto, lloraba insistentemente y no quería comer. Preocupada hablé con mi hermana, le dije que notaba que no podía respirar bien y su corazón latía rápidamente; me pidió lo llevara sin demora a la veterinaria esperando un milagro. El veterinario que lo atendió era un joven asustadizo que estaba más preocupado por ser mordido a darnos una atención plena. La única opción que nos ofreció fue que lo dejáramos internado para restablecerlo. Entre mi llanto y el de Suni, le juré regresar por él al siguiente día, le prometí que no lo abandonaría pero falté a mi juramento y a mi promesa – no volvimos a por él hasta el día sábado que aparentemente se encontraba de mejor ánimo y en sana recuperación. De miércoles a sábado lo visitamos llenas de fe y de esperanza.
Antes de dejárselos me hicieron firmar un documento en donde daba mi consentimiento para resucitarlo en caso de un paro cardiaco, mi llanto al estar firmando aquel papel se escuchó en toda la clínica. ¿Qué le diría a mi madre cuando regresara? ¿Qué le diría a mi padre que me pidió no dejarlo internado? ¿Qué piedra me iba a recibir para esconderme debajo de ella? No podía creer que de nuevo estuviera probando ese cáliz. ¿Por qué tan rápido? ¿Sólo por eso me había buscado Suni? ¿Sabía que su tránsito por esta vida estaba llegando a su fin y decidió acurrucarse en mi corazón para poder descansar en paz? No quería que muriera y miren que le pedí a Dios que le ayudara a superar aquel mal sin nombre que lo aquejaba, porque nadie nos supo decir qué le pasaba y hasta el día de hoy me sigo preguntando qué paso con mí “perro nuevo.”
Una vez en casa pensamos que todo empezaría a mejorar, empezó a comer, ladró un par de veces pero al caer la noche todo se vino abajo. La madrugada fue eterna, no dejó de llorar ni un solo momento. Le continuamos dando el medicamento para el dolor que le recetaron pero, ¿qué le dolía? Desgraciadamente ya no se le podía realizar ninguna clase de estudio puesto que en los días que estuvo internado le encontraron un mal cardiaco importante. Uno de los tantos médicos que lo atendieron en esa clínica nos comentó que en cuanto nos atendiera la cardióloga le recetarían medicamentos que seguramente lo tomaría de por vida, sin saber que estábamos llegando al final de sus días. El médico neurólogo que lo atendió, se desentendió de Suni. No volvió a responder ningún mensaje.
Domingo
Mientras intentaba hacer labores domesticas para evitar pensar que Suni se encontraba en pésimo estado, recordé con tristeza que una semana atrás salimos a caminar. El sol nos pegaba en el rostro bañándonos con sus rayos el cuerpo entero, las hojas de los árboles comenzaban a caerse para formar una cama esplendida en las calles, sin saberlo cruzábamos su ultimo otoño. Vino a mi mente aquella escena en donde él jugaba alegremente con su pelota amarilla y pensé en cuán injusta es el filo de la muerte también para ellos, seres indefensos que su único “error” es amarnos incondicionalmente. Esa misma noche durmió plácidamente en mi cama, acaricié sus “gomitas” negritas y sus orejitas calientes; apreté su nariz con suma cautela para no despertarlo. Delineé con mis dedos su pelaje suave tal como lo hice cuando yacía en su cama cubierto de flores.
Me vi a mí misma en medio del corredor observando a mi hermana, percibí su angustia. Intentaba darle de comer sin éxito. Mi madre se quedó meditabunda porque todos sabemos que cuando un enfermo comienza a rechazar comida, agua y sólo duerme, significa que la muerte está próxima. Entonces hay que pensar en cómo será nuestra vida en los próximos años hasta que nos reencontremos. Pensamos en el vacío, en la ausencia y en el dolor; entonces el diplomado en Tanatología sirve para dos cosas, para nada y para nada a pesar que nos queremos sostener con su guía y recomendaciones, sin éxito.
Desearía que ese domingo jamás hubiera llegado, por la noche subía a mi cuarto pensando que lo mejor sería ayudarlo a llegar al arcoíris. El primer médico, el de toda la vida, le recomendó a mi hermana darle esa oportunidad para que dejara de sufrir. Hundida en esos pensamientos escuché que mi hermana gritó mi nombre pidiéndome bajar de inmediato. El momento había llegado, entré a la sala y miré a mi hermana abrazado fuerte a Suni. Casi podía jurar cómo sus lágrimas podían empapar la manta blanca que mi madre le había puesto para que no se ensuciara su pelito con las suspensiones que se le daban. Mi madre jamás dejó de acariciarlo y agradecerle tanto amor, tanta compañía. Desesperada le hablé a mi padre, corrió hacia Suni y presta mi hermana se lo entregó: mi hermano y mi cuñada en un parpadeo llegaron y fue así que todos estuvimos en los últimos momentos de un “perro chihuahua” que desde el primer día nos robó el corazón.
Al día siguiente lo enterramos entre el pasto verde del jardín, y las flores que lucían maravillosas, justo a un lado en donde descansa Mischa. Antes de depositarlo en la tierra lo abrace fuerte recordándole que siempre será “Mi perro nuevo”, el que me adoptó cuando mi corazón estaba hecho añicos. Mi guardián y uno de mis guías cuando yo sea llamada para presentarme en esa eternidad que a todos nos aguarda.
La vida es el hechizo efímero de la felicidad y es ésta la que nos da fragmentos de alegrías en donde nuestras mascotas, nuestras compañías son más mucho más que eso. Suni me regaló todo un año de amor que lo guardaré hasta el día que muera. Me obsequió ternura y quizá sea por eso que de vez en cuando lo vemos trepado en el toldo del coche, echado en su cama del patio que hoy utiliza Kimi o en su cama de la sala que ya ninguno de los perritos volvió a utilizar. Tal vez por esa razón, de esa felicidad que nos brindó, lo escuchemos ladrar y correr por el jardín y el patio, porque no había nadie como él para protegernos. Espero también que un día pueda borrar de mi mente su dolor, ese que jamás supimos de donde provenía o qué se lo ocasionaba.
Cada mañana que salgo al jardín miró con cierto dejo de nostalgia el lugar en donde Mischa y Suni se van convirtiendo en parte de la tierra. Las flores han ido embelleciéndose, sus nombres están escritos en un pedacito de madera que reposa sobre un pequeño fragmento de tierra y pienso en lo bondadoso que ha sido Dios con nosotros al ser elegidos por tan divinos seres llenos de amor y de una lealtad inquebrantable. Sé que la muerte es desdeñosa y nos abate con una fuerza descomunal pero al final nosotros tenemos la osadía de “burlarnos” de ella al no permitirnos dejar morir a nadie porque nos basta su recuerdo y ejemplo, su compañía, lealtad y amor. Se anidan en nuestros corazones y precisamente es en ese lugar en donde no hay más dolor, ni más llanto, ni más ausencia, solo alegría y paz. En ese mundo paralelo continúan vivos todos aquellos a los que amamos, y eso es un milagro, es lo que hace la diferencia entre sepultarlos y olvidarlos y recordarlos para mantenerlos vivos por siempre jamás.
Mientras les narro la historia de Suni, intento retener alguna que otra lágrima que desea escaparse porque justo preparo el pastel de cumpleaños de mi papá, lo pidió de Tres Leches. A decir verdad, no sé en qué lio me metí pero espero que todo me salga bien. Confieso que me resistí a escribir acerca de Suni porque su escape hacia ese mundo dichosamente paralelo es aún muy resiente pero es una de las maneras de decirle cuánto lo quiero, cuánto lo extraño y cuánto le agradecemos que haya estado en nuestras vidas.
¡Gracias por la lectura, sean dichosos!


