Por Lenin Rojo Curiel
Voz – Para aprender el arte de hacer que los besos vuelvan a nacer donde fueron puestos apenas unas horas después, para hacer que las caricias duren en la piel y en el recuerdo, y la piel se sienta acariciada y querida por horas, para que los músculos no se extenúen en el roce, para que el jadeo no sea un grito y el grito un jadeo; no sólo la pasión que explota y nos muestra tan brutales como somos, tan solitarios como nos merecemos. NO.
Lo suyo son los besos otros.
Son los besos que ruedan hacia dentro como bolas de nieve que van creciendo a cada paso y luego explotan en lo hondo y sientes la frescura de ser tú de nuevo y enseguida la frescura de ser tú de nuevo en un lento estallido de alegría. De haber sentido algo más grande, más bello: una senda.
Lo suyo son las caricias interminables, los largos círculos de fuego que atrapan los dientes y la lengua y los convierten en dulces murmullos en deliciosas objeciones.
Lo suyo es lo oscuro de su piel y lo claro de su sombra. Ahí se puede respirar y recordar, recordar, sobre todo.
Tal vez todo ese encanto que ella despliega en su movimiento no sea sino el recuerdo del recuerdo; el lugar donde se respira la auténtica paz. Y eso naturalmente está escondido en la sombra de sus senos, en los pliegues y olores de su vagina, en los remansos de sus respiraciones.
XXX
Ella- Un día descubrí que eso que los hombres llaman puta era lo único decente que yo podía ser. Pero los besos que se venden, ya no son de nadie.
Testigo-En esta historia de nombres que se desvanecen en otros nombres, de personajes que se dibujan y se desdibujan apenas nombrados, en esta historia de locos donde no te puedo atrapar y sin embargo estás a cada rato que te nombre, con un nombre imposible, con un nombre que desmiente el Eterno Retorno con un nombre que nombra como una fuga, con un nombre que no te ubica y no te justifica, con un nombre que no es tuyo y por eso es más verdadero.
XXX
Poeta- Con un nombre que es una red por el cual te escapas, que es red y escape y nombre, señal de que estuviste ahí, en esas devastaciones nocturnas que habrán de padecer tus amantes. En esa lúcida sed de no haber sabido nombrarte, retenerte, tejer con tu nombre el límite exacto de tu deseo, y la terrible nostalgia de haber fallado al nombrarte.
XXX
Había una vez una mujer que se llamó N y que nació en una noche de tormenta, quizá por eso, para ella, no ser directo es una manera hipócrita perder el tiempo.
Su padre era mago, su madre también detenía el tiempo: era fotógrafo.
Sólo se puede apreciar la belleza de una mujer cuando está dormida, cuando, abandonada, no compone la máscara del desdén o la alegría, abandonada y sin ojos, con sólo una dulce respiración y el rostro relajado y tranquilo es cuando el amante podría adivinar o recordar lo qué en ese rostro abandonado, hay de despropósito o de pureza en este mundo. Pero los amantes son malos lectores de rostros dormidos. Al sueño rendido, el amante sobrepone otro sueño; su propia versión.
Así el rostro sereno que pudo habernos hablado de geografías desconocidas se convierte en una versión de nuestra propia angustia.
Comprendiéndolo…
Sus desdenes son, por ejemplo, no dormir con alguien más de un determinado y cabalístico número de veces.
XXX
Tal vez ha habido otras mujeres así, y no lo hemos sabido, o sólo algunos lo supieron. A lo mejor no todas fueron a parar sus días al cadalso o a la hoguera. Acaso algunas se recuperaron en sueños y trances secretos y no terminaron o sí, sus vidas en reclusorios. [Perder el nombre para ganar identidad.] Puede ser.
Hasta los diez y siete vivió sin comprender nada y como esperando algo, todo el mundo se lo dijo: es el amor.
Cuando el amor llegó siguió sin comprender nada pero dejo de esperar. Con su falda corta y sus bellas piernas siguió al amor y cuando éste la decepciono no culpo a nadie, se cambió el nombre por primera vez y dejo de esperar.
Cuaxoxoco, Tepoztlan .Mor. 23/01/2026

