Por: Julieta E. Libera Blas
Empezar de nuevo no es un privilegio de pocas. Es una decisión incómoda que exige valentía
Goodbye June (2025)
Queridas lectoras y amados lectores:
Mi madre me amarraba con su chal a una silla mientras preparaba la comida. Este recuerdo inexistente en mi memoria me hace un nudo en la garganta y un jubilo combinado con una nostalgia que me provoca correr a abrazarla, pero me detienen estas letras que si no las escribo se me pueden escapar como copos de nieve. Rebobino el recuerdo que no es mío sino de ella pues dicen que tenemos recuerdos a partir de los siete años de edad. Sin embargo, yo recuerdo cuando mi abuela me cargó con alegría a las pocas semanas de nacida. Ahí estábamos las dos, en la recamara del departamento en donde tiempo atrás mis padres y mis hermanos vivieron. Allá, en donde los aviones parecían caer para después aterrizar con total calma. Otro recuerdo es el de estar sentada con mis hermanos en el descanso de las escaleras, mi abuelo subía las escaleras, se me quedó grabada su sonrisa. Con sus manos me acarició la mejilla para descansar sus dedos por breves segundos en mi barbilla. Supongo que al poco tiempo nos mudamos de esos departamentos. La vida cambió.
Mi madre siempre hizo lo posible para acércame a la cocina pero mis frecuentes distracciones provocaban que no pusiera atención porque sinceramente nunca me había llamado la atención cocinar, cuando menos lo notaba mi mente: se había escapado de lo que mi madre me explicaba y ella al darse de aquello prefería dejarme ir. ¡Lástima! Mis hermanos bien que lo saben hacer y realmente tienen buen sazón. Mi papá alcanza a preparar lo básico y está bien, nadie nace cargando un recetario debajo de los brazos. Lo fácil y práctico según yo era encargar la comida, comprarla hecha y calentarla o como suele pasarme muy seguido: olvidar alimentarme. Sólo cuando tengo un hambre feroz puedo disfrutar la comida; ella y yo, nunca hemos tenido la mejor relación.
Hace unas semanas –es increíble cómo pasa el tiempo-: “Ayer” adornaba la casa de mis padres con motivos navideños. “Ayer” repartía abrazos navideños y deseando lo mejor para este nuevo año. “Ayer”, partíamos el Roscón de Reyes, que mejor dicho era una enorme galleta requemada, pero esa historia después se las contaré. Y hace unos días recogía todos los adornos para regresar a la “rutina” como me lo sentenció cierta aplicación que se encarga de hacerte “fácil” la vida –me invitaron a un curso de comida en una escuela de gastronomía-. Sorprendentemente acepte, y a inicios de diciembre puntualmente me encontraba en la clase con una veintena de personas que sí sabían cocinar, que se conocían entre sí y que eran empáticos con los utensilios ahí depositados sobre una mesa larga y fría. Vi los hornos mientras me preguntaba, ¿qué hacía en ese lugar si no sabía ni lo más básico? Después de las presentaciones e indicaciones, el chef nos pidió “cernir la harina” ¡Horror de los horrores” ¡Qué era eso, de qué hablaba! Juro que deseé correr para huir de ese lugar y refugiarme en mi biblioteca abrazada de mi procesador sólo para dejar abrazarme por todos mis libros.
Supongo que “Silvia” se dio cuenta del pánico que yacía en mis ojos. Nos miramos, y nerviosa le dije que no sabía cocinar y no tenía idea qué hacer, ella con toda la calma me ofreció su ayuda, recordándome que no me preocupara y que ese día aprendería a hacer pizzas y pastas y así fue. Jamás me imaginé que después de cuatro horas saldría de esa escuela contenta y animada. Cada vez que metía algún platillo al horno o lo decoraba le enviaba a mamá una foto. Ella me respondía contenta, quizá contagiada por mi entusiasmo que hasta el día de hoy no he permitido que se desvanezca.
II
Diciembre 24.
La cena navideña es siempre un festín de amor y de unión pero en cada casa y en cada familia es distinto el sentir y el actuar de esa fecha. En algunas familias algo se ha roto por distintas causas: ausencia, distancia, molestia, enfado, dolor, tristeza y demás emociones que jamás terminaría de enumerar. Por alguna razón la mayoría de las veces las cenas o comidas en esa fecha son vastas, los mercados, supermercados y demás sitios están a reventar. Vas al supermercado y resulta que el queso crema se ha agotado o la sopa de champiñones ha volado. De un tiempo a la fecha los refrigeradores están llenos de pavos ahumados enteros y que al llegar enero los deben de rematar, es una lástima. ¿Recuerdan todo el proceso para cocinarlo? Recuerdo a mi mamá preparando todo ese ritual, era extenuante.
Esa tarde navideña me dispuse a preparar una pasta italiana y unas pizzas para comerlas como entradas y después disfrutar de la cena navideña que año con año mi madre prepara. Mientras amasaba, canturreaba una canción, contenta miraba a mi mamá haciendo la clásica ensalada de manzana. Abrí el refrigerador y me serví vino, tome tranquilamente mientras fantaseaba en ir a mi cuarto a ver por centésima vez “Mi pobre angelito.” Mi plan ya estaba armado, mis papás irían a misa y yo vería mi película tan tranquilamente como si no fuese una noche distinta a las demás. Como no tenemos invitados no había mayor prisa. La “misa de gallo” dura aproximadamente dos horas, las utilizaría para arreglarme pero llegó la hora de la misa y mis papás seguían en lo suyo. Papá en la sala escuchando música con jirones de cabezazos durmientes que le duraban de diez minutos a medias horas. Mamá miraba la tele, me ayudaba a hacer las pizzas y con el horno, pues no sabía ni siquiera encenderlo –hoy son experta-. Luego comenzamos a elaborar la pasta, y fue cuando le pregunté si no irían a misa, ella me respondió: Iremos mañana, hoy tengo que checar que no te vaya a faltar nada para la cena.
Guardé silencio, luego le pregunté un poco ansiosa: “¿Yo voy a preparar la cena? Pero si esto solo es un probete…” – bueno, debí suponer que no prepararía nada porque después de que terminó de hacer la ensalada sólo se sentó a mirar la tele y no vi nada que indicara que elaboraría algún platillo-. Los romeritos se los había mandado su consuegra, y yo era la única que estaba usurpando su cocina.
No hubo más que argumentar. Estaba hecho: yo haría la cena de Navidad, con la bendición de toda mi familia. No es presunción pero me felicitaron, nadie se quejó, repitieron platillo y mis hermanos, si bien les gustó la pasta, sólo me aconsejaron no usar tanto aceite de oliva pues en el paladar no es tan agradable la consistencia aceitosa. Sí, hablamos del “pesto.” En la cena de Año Nuevo repetí ese platillo pero esa noche no todo me salió como yo hubiera deseado, pero esa es otra historia como bien dicen por ahí.
III
Cuando mi mamá me ataba a la silla de la cocina con su reboso, quizá yo la miraba preparar la comida que con sumo amor le ofrecía a su marido y sus demás hijos. Si bien no recuerdo nada, sé que mamá me miraba con esa dulzura que la caracteriza y a la vez esconde. Posiblemente me cantaba o me platicaba lo que iba elaborando, estoy segura de ello. Mamá siempre deseó que me acercara a preguntarle cómo se hacía tal o cual platillo, justo como lo hace mi hermano. Ellos tienen un lenguaje culinario envidiable, además de que se recomiendan recetas de cocina. Sinceramente envidiaba esas charlas, unas a las que no pertenecía, no porque no desearan integrarme sino que varias veces manifesté mi desagrado y desinterés por esos asuntos. De semanas para la fecha, mamá me comparte recetas que encuentra en YouTube para compartírmelas, con el mensaje claro que desea probarlos.
Mientras escribo esto la pienso concentrada en su cocina, creando platillos, “y cuando nos quería” haciéndonos postres y no es porque no lo haga sino que ahora yo los preparo. Pienso también en los aromas, en las texturas y en los tiempos de cocción, en el dividirse los tiempos y crearse horarios porque mirar el rostro de mi familia para esperar si les gustó, les encantó o no, no tiene precio. De semanas para este domingo frío y húmedo pienso que la comida no se elabora nada más para uno mismo sino también para los que amamos con todo el corazón y es ahí cuando comprendí a mi mamá porque cuando la veo metida en la cocina o pensando en qué hacernos en nuestros respectivos cumpleaños, confirmo que jamás lo hizo por compromiso u obligada por nadie, sólo lo hizo con un profundo amor, quizá es el mismo sentimiento y emoción que hoy yo tengo cuando me pongo mi mandil e inicio todo el bendito ritual, pensando en ellos mientras miro con atención la receta que prepararé.
IV
Nunca desee acercarme a la cocina porque pensé que no había heredado la pasión de mi bisabuela, mi abuela y de mi madre. Nunca me atreví a cocinar algo, aunque sí tengo vivo un recuerdo. Hace tiempo mi mamá se sentía mal y me dio indicaciones para elaborar un pescado. Hace un par de días, mientras tomaba una clase por Zoom, hojee una libreta que había pertenecido a mi madre años atrás y que me había obsequiado. En sus últimas hojas leí emocionada de su puño y letra lo siguiente:
“12 de septiembre 2015
Baje un rato/ a July le dije cómo hacer el pescado, le salió rico…”
Mi madre, hija, hermana, amiga, enfermera, esposa, madre, goza del don y del privilegio de ser marea y arropar con su tranquilidad a quien se sienta a comer en su mesa. Una mujer llena de vida y de un claro optimismo que defiende con ironía y sarcasmo pero también con dulzura. Hoy sé que puedo colaborar con ella en su cocina mientras las letras se mezclan con la fantasía y la imaginación porque estas también se ciernen, se amasan y se hornean para ofrecerles un buen banquete.
V
Una Navidad en donde cenamos tranquilamente, dándole gracias a Dios y a la vida por mantenernos unidos. En donde brindamos por los padres y las madres ausentes, por todo el camino andado, por un año más o uno menos, según se quiera mirar el vaso. Un brindis por aquellos que no están en nuestra mesa pero viven en nuestros corazones, y otro por aquellos seres dulces, compañeros de vida que han dejado sus huellas en nuestras vidas y en nuestro hogar y que no volveremos a escuchar ladrar, ni correr, ni juguetear.
Yo deseo para ustedes que este año 2026 esté lleno de bendiciones, de alegrías y con menos sinsabores. Les abrazo a la distancia, dándoles las gracias por sus lecturas, por su compañía. Por este trayecto que tanto disfruto, mientras ideo qué bizcocho suave puedo hacerle a mi papá para que en la noche se lo tome con su chocolate caliente.
Por cierto, a mediados del año pasado confesé uno de mis deseos para el 2025: aprender a cocinar.
Sea pues un mejor año para todos.
¡Feliz año 2026!
¡Gracias por la lectura, sean dichosos!


