Amantes en Rojo

Por Lenin Rojo Curiel

Recuerdo una hermosa jacaranda en Coyoacán, enfrente del gimnasio- frontón. Por alguna diabólica razón las personas que salían a pasear; con sus hijos, novias, abuelos, desarrollaron la manía de pegarle un chicle al tronco del árbol, y así crece el árbol. Entre más porquería le pegan más alto crece el árbol y mejores flores regala. Una niña, enfrente de mí no se lo explicaba y cuando su padre procedió a pegar su asqueroso óbolo, escandalizada le increpó; papá ¿por qué le haces daño al árbol? Yo, que caminaba apenas detrás de la familia, no me aguanté y le respondí ¡por puerco! Aceleré el paso y pensé que tal vez nos liaríamos a trompadas pero seguí caminando sin ver la reacción, a mí también me indigna esa maldición que la inconsciencia del pueblo asesta a ese precioso árbol. Pero lo dicho: entre más le pegan porquerías más alto crece y mejores flores regala.

Hay objetos así, a veces incluso son animales y también seres humanos. Sombras vivas que atraen la mala suerte, la mala muerte. Las brujas y Casandra son un ejemplo.

En el caso que me ocupa se trata de un piano abandonado. Ignoro cómo es que este instrumento que fue una maravilla y que una niña prodigio consagró un día recibió una maldición. Ignoro también cómo es que la gente fue depositando ahí sus historias, sus historias negadas o prohibidas hasta convertir el piano en una cápsula del tiempo obscuro. Si bien ninguna de las anécdotas tiene nombre o autor, en este pueblo tan pequeño son tan reconocibles que no puedo llamarlas anónimas. Este suave-forte instrumento era tan maravilloso que inmediatamente, después de su consagración, los mejores pianistas y cantantes hacían cola para tocar en él o cantar con él.

Y de pronto algún chisme; que tocar ahí atraía la mala suerte, pues tal pianista célebre había sufrido una dislocación de su mano derecha, que determinada cantante perdió la voz…

La maledicencia es peor que un chicle pegado que no te puedes arrancar o peor incluso que una ventana rota. Y los músicos son especialmente crédulos y supersticiosos. La contra- leyenda arrasó y todo el mundo pegó su chicle, su chisme, sí, podías tocar y tocar como nunca; luego había que pagar un precio.

Más aún, entre mejor era el músico mayor el padecimiento que terminaba sufriendo, Esto se reconocía de inmediato pues cuando los músicos eran mediocres, el piano ensordecía y se negaba a compartir su excepcionalidad.

No en vano Santa Cecilia es patrona de los músicos y como Orfeo, es decapitada pero su canto sobrevive.

Al final los músicos mediocres y los chismes triunfan y se propaga la calumnia y se pegan como chicle al hermoso instrumento, y logran el equilibrio del odio a lo sublime.

Hasta dejar en este castillo abandonado relegar su función para, en sordina, convertirse en la voz de todos, es decir de nadie. Y contar las historias en forma de cartas que nadie se atreve a firmar.

CARTA PRIMERA

La afrenta que es la vejez, en mi padre culminó en el olvido. Me tocó acompañar y ser testigo de su fuga hacia la llama arrasadora de la nada. A contra corriente salían desde el fondo de su mente algunas perlas barrocas, salpicadas de memorias relampagueantes.

Así un día, de pronto y sin venir a cuento me dijo: Yo conocí a una mujer de la que estuve profundamente enamorado. Mi padre era todo, menos un sentimental y menos aún alguien dado a las confidencias.

– ¿Cómo se llamaba? Le pregunté

No contestó y después de un rato, cuando pensé que ya lo había perdido, añadió:

– …ella también estuvo muy enamorada de mí…éramos nuestro primer amor… y nos quisimos tanto que creo que quedamos dañados; tenía unos ojos zarcos muy llamativos, una mirada intensa y descarada. Al mismo tiempo era muy católica, imagínate estábamos en Guanajuato, ella con esa gracia picante y un cuerpo que habrían hecho pecar al más grande santo…

– ¿Y qué le pasó?

– Tuvo un final trágico, me dijo.

– Cuéntame.

– Quedamos dañados los dos, insistió, ella por esa forma de mirar, No debía mirar así… Nos separamos y pasados algunos años conoció a un tipo, con familia los dos y todos los agravantes. Se enamoraron, sí, pero mucho, demasiado. Te dije que era de esas mujeres que duelen, con ella todo era intenso. Al parecer no pudieron; la familia, la pasión, el amor exclusivo y los hijos, todas esas cosas vivas e insoportables de llevar juntas, tú sabes…

– ¿Se separaron?

– No.

– Lo último que supe fue que después de un tiempo intenso decidieron meterse en un barril de petróleo y, mirándose largamente a los ojos, se prendieron fuego estrechamente unidos.

Me quedo en silencio, estupefacto de que una imagen tan devastadora surja como una burbuja sangrante, de la memoria que se desvanece de mi padre.

Después de un pesaroso silencio mi padre concluye:

– Siempre creí que yo pude haber sido ese hombre.

Reconozco la letra, devuelvo la carta al noble instrumento que prefiere seguir guardando voces “anónimas”.

Poco a poco todo se vandaliza, se llena de polvo de humedad, de graffiti, de descuido. Más siendo un instrumento tan bello a pesar de los bárbaros, quiere rescatar la palabra, del olvido.

Cuaxoxoco, Tepoztlán,Mor.

3/09/2025

Deja un comentario