Por Marco Antonio Guerrero Hernández
La misión de los gatos
Gabriela había terminado la relación sentimental con su novio. Ella padecía una enfermedad terminal y en un acto de amor puro disolvió el vínculo porque no quería que ese hombre al que ella miraba como el amor de su vida la viera en decadencia física. Así que le pidió que se alejara.
Él entre lágrimas cedió a la decisión con la única petición de conservar el contacto a través de una amistad honesta y limpia. Ella aceptó.
II
Había tenido que dejar a Gabi, no se olvida fácil a una persona que te cambia tanto la vida. De sentirme un exiliado social a verme en el espejo con una seguridad absoluta. No hice una carrera universtaria por falta de recursos económicos de mis padres, después de terminar la preparatoria me puse a trabajar para ayudar con los gastos familiares. Así la vida me fue absorbiendo y el ritmo de trabajo tan rápido y estresante me alejaron de mis pasatiempos y pronto cambió mi estilo de vida. Dejé de ir a jugar fútbol los fines de semana con mis amigos de la esquina. Dejé mis lecturas a un lado. Todo era sustituido por el ambiente de oficina, ser asistente gerencial en un banco con presencia en distintos países del mundo da cierto prestigio y ganarse un puesto así requiere un compromiso que pocos entienden; a mis escasos veinte años lograr una posición así es un logro que augura un futuro prominente. El lugar me lo gané con esfuerzo puro. Sacrificando lo que más me gustaba. Incluso las largas sesiones de videojuegos en casa con mi hermano. Mis días de entrenamiento fueron eliminados y suplantados por encajar en la sociedad bancaria por adoptar sus formas de pensar, por ese culto al dinero y la satisfacción material. Mis fines de semana deportivos se fueron al baúl de la adolescencia, dando paso a las convivencias en bares, así que empecé a fumar y a beber alcohol, los viernes en la noche exploraba con mis nuevos amigos la vida nocturna de la ciudad. Cinco años después y una disputa con mis compañeros por un mejor puesto tuve una discusión con una de las aspirantes a la nueva gerencia. Ella se encargó -mediante chismes y comentarios maliciosos- de dejarme fuera de la competencia. Fui relegado al área de archivo muerto y en el turno nocturno. El ascenso meteórico de los primeros años se esfumó. La frustración tardo año y medio en devorarme y un día con el estrés a tope y después de una burla de uno de mis compañeros no soporté y le di un puñetazo en la cara lo que ocasionó mi despido.
Caí en depresión.
III
¿Que hago en un grupo de gente de la cuidad en una red social?
Despedido y con una vida hecha un desorden, adicto al cigarro, al alcohol y a las relaciones casuales, a encuentros de una noche con mujeres que apenas conocía. Pero fue ahí en dónde conocí a Gabriela, una mujer sencilla y noble. La primera cita fue en un café de la ciudad, una charla larga y la promesa de volver a vernos. Así fue cada fin de semana durante unos meses hasta que nos hicimos novios.
Ella era todo lo opuesto a mí, la chica sana, sin vicios y con el hábito del deporte. Yo era una mole de grasa. Más de veinte kilogramos de sobrepeso, con olor a cigarro siempre. Un día después de que yo tuviera una molestia estomacal me acompañó al médico y las cosas no estaban bien, tenía hígado graso, el colesterol disparado a niveles descomunales y con el riesgo de desarrollar diabetes. Ella me animó y me convenció de hacer un cambio de vida, me llevo con ella a hacer ejercicio, al nutriólogo y a seguir en tratamiento médico. Dos años después me dieron de alta. Recuperé mi figura y las ganas de vivir.
IV
A Gabriela le diagnosticaron cáncer pulmonar -ella nunca había fumado- etapa cuatro y los médicos la habían desahuciado: le quedaba un año de vida a lo mucho, pero ella decidió luchar y dio inicio a su tratamiento. Decidió dejarme. Aunque el amor era mutuo la vida no sabe de justicia. Un día que la vi le regalé una hermosa gatita negra para que le diera la compañía que yo no había podido darle. Al ser ella fan de los comics del universo de Marvel la bautizo como Gamora. Se hicieron mejores amigas. Aún después de cada sesión de quimioterapia Gamora la acompañaba a desayunar. Se sentaba con ella en el columpio del jardín, comían helado juntas. Se hacía presente en las vídeo llamadas que ella y yo teníamos y siempre me lanzaba un maullido corto para saludarme. Mantenía a Gabriela contenta y con un poco de brillo.
Hasta que el cáncer poco a poco le fue ganando la batalla, perdió el cabello y sus dientes comenzaron a caer. Su palidez la hacía parecer un fantasma, pero nunca perdió el ánimo. Me sonreía cuando iba a visitarla después de mi sesión de ejercicio diario. En solidaridad decidí raparme la cabeza. Gamora era el soporte anímico para ambos, nuestro vínculo y amor mutuo depositado en ese pequeño ser tan mágico y noble.
Aquella tarde pasé a visitarla, me dijo que quería comer una pizza, una petición extraña porque al llevar un estricto régimen alimenticio no teníamos el hábito de consumir comida rápida. Aún así le lleve la pizza que disfrutamos mientras veíamos una película. Decidí quedarme en su casa. Dormimos abrazados. Ella me dijo que me amaba y que jamás me iba a dejar solo. Le di un beso en la frente. La mañana siguiente al despertar para preparar el desayuno la vi más débil que nunca, le di de comer a Gamora, aliste las cosas cargué a Gabriela y la lleve al hospital, antes de ingresarla me dio un largo beso y me dijo: «Te encargo a mi gatita, cuídala porque yo te cuidaré a ti a través de ella. Te amo”.
Ingresó a terapia intensiva. Un par de horas después fui notificado de su fallecimiento.
El funeral fue algo sencillo, con su familia alrededor y yo con Gamora en el hombro. El animalito maullaba mientras Gabi era sepultada. Regresé a vivir a casa de mis padres con el ánimo en los suelos. Dos años después en un día de marzo (justo en el cumpleaños de Gabi) Gamora despareció, la busqué por toda la casa y les pregunté a mis padres esa noche Gabriela me habló en un sueño. La vi tan hermosa como siempre. Con su mirada brillante y esa sonrisa que me devolvió al mundo y me dijo:
«Hemos cumplido la misión, ya es hora de irnos, me da gusto que tengas un mejor empleo y que lleves una vida sana como te enseñé, sé bueno con la gente y nunca nos olvides, te amamos. Tomó a la gatita en sus brazos y desvanecieron. Sentí la lengua áspera de Gamora en mi mejilla, su último beso de despedida.
La despedida
Buenas tardes. Me dirijo a todos mis lectores para agradecer la oportunidad que me dieron de entrar a sus vidas a través de mis relatos. Ha sido un placer colaborar en este esfuerzo llamado Metaopinión. No es un adiós es un hasta luego, ya que por el momento he de dejarlos con la promesa de que un día nos volvamos a encontrar. Ha sido un año maravilloso en este espacio que ha sido para mí un remanso y un consuelo ante los días difíciles de la vida. Algunas veces fue un laboratorio de experimentos en donde pude tomar riesgos, como aspirante a escritor, que nunca me había atrevido. Fue un reto que me ha dejado enormes satisfacciones pero ninguna como haber tocado sus vidas al menos para entretenerlos, o para sacarles una sonrisa, un recuerdo o una lágrima. Espero que hayan disfrutado estos relatos tanto como yo lo he hecho al escribirlos.
Gracias a Enrique Fortunat y a su equipo por la oportunidad de acompañarlos en este espacio. Gracias a todos aquellos que me han leído en este año.
En especial muchas gracias a Julieta Libera quien ha creído en mí desde el principio y me invitó a colaborar. Esas cosas nunca se olvidan. Amiga y compañera en esta etapa que en todo momento ha estado cerca de mí para ayudarme a crecer. Los quiero mucho y los voy a extrañar.
Marco Antonio Guerrero Hernández


