Por Enrique Fortunat D
Caminamos mi pareja y yo por la colonia con el propósito de comprar algunas cosas que se requieren en la casa.
La mañana es soleada y despejada. Se camina a gusto.
Oímos entonces el altavoz perifoneador de una camioneta de las que venden frutas y verduras por las calles. Se escucha su llamado a la clientela en el que urge a las señoras a comprar los aguacates “pa’l desayuno del viejo”. No me quejaré de esa evidente discriminación a los varones hacedores de desayunos en casa. Anuncia también mangos, uvas, plátanos de todo lo cual afirma está a buen precio; “aproveche” dice el marchante.
-¿Necesitamos algo? –pregunto a mi pareja-
– Pos igual y vemos algo de fruta, unos manguitos, o algo para la semana.
Veo venir la camioneta y me bajo de la banqueta para hacerle señas de que requerimos la multifrutal presencia de su negocio sobre ruedas.
El chamaco que la conduce aparentemente me ve, pero sigue de largo…
-no te vio
-yo digo que sí, pero le dio hueva pararse o pensó que aquí iba a estorbar…
Continuamos nuestro camino.
Un par de cuadras adelante oímos nuevamente el anuncio de la camioneta en cuestión.
-se oye cerca
-sí, a ver si la vemos
Efectivamente, la vemos pasar media cuadra delante de nosotros cruzando la calle. Alzamos los brazos y chiflo. No hay respuesta.
-pfff, ¿qué onda? No nos hace caso.
-sí caray, pues ya ni modo.
Seguimos nuestro camino y al poco rato oímos nuevamente el perifoneo, que conforme caminamos se hace más claro y fuerte.
Al llegar a la esquina la vemos parada a una media cuadra despachando algo.
-¿sabes qué? A mí me vale, ahora voy porque voy –dice mi energética y decidida pareja mientras acelera el paso rumbo al esquivo vehículo-. Veo su rítmico caminar alejarse e incremento la frecuencia de mis pasos para alcanzarla.
Al llegar, veo que ella le cuenta al distraído chamaco/chofer/despachante de cómo pasó de largo junto a nosotros. Al mozalbete le hace la misma gracia que un requerimiento de Hacienda, voltea a un lado y otro, ve al cielo y pregunta: y entons, qué va a querer doña? Algo así como “pos menos queja y más compra señito”
Por supuesto, pide unos “aguacates pa’l desayuno del viejo” -mismo que me preparo cotidianamente-. De modo que si no quiero que se pasen, este “viejo” los ocupará “pa’l desayuno”.
Termina la transacción y emprendemos nuevamente el camino rumbo a casa.
Llegamos a la última esquina antes de llegar a casa y esperamos que el semáforo cambie de color para cruzar la avenida.
-malencaradito el güey, ¿no? -comento-
-más bien me pareció un poco menso -contesta ella-
-puede ser
Unos pasos más adelante, como si fuera el tema de una película de terror, oímos a lo lejos nuevamente el maldito perifoneo. El volumen se incrementa, pero nosotros estamos quietos. El espíritu de Sherlock Holmes se apodera de mí y concluyo: “si el volumen se incrementa, pero nosotros no estamos yendo hacia la camioneta, parece entonces que es la camioneta la que viene hacia nosotros”. Una construcción mental potente y elegante que me parece no desmerece frente al “cogito ergo sum” de Descartes, pero que no trascenderá, porque ya ven cómo es eso del malinchismo y además soy muy modesto como para perifonear mi logro.
Pero eso sí, orondo y satisfecho de mi poder de deducción, veo la mirada seria de mi pareja que sólo me dice: “Ahí viene la maldita camioneta”. La prudencia se apodera de mí y omito compartir el logro intelectual que me permitió deducirlo.
El vehículo nos alcanza en la esquina y cruza la avenida casi a nuestro paso. Acelera al entrar a la calle en que vivimos.
Nos miramos y decimos: “no, no puede ser, esto es de cámara escondida o qué pasa…”
Por supuesto el infernal armatoste se paró justo frente a la casa.
Pasamos junto y el chamaco/chofer/despachante nos mira con el mismo interés que un tlacuache con sueño vería una película del Santo.
Con las frases del maldito altavoz como ruido de fondo subimos la escalera mientras luchamos para contener las carcajadas.
Pero eso sí: llegamos con los inches aguacates mismos que la verdad no estuvieron nada mal.


