Por Marco Antonio Guerrero Hernández
Parque Villas de San…
La unidad habitacional fue inaugurada hace cinco años por el alcalde de la ciudad. En el discurso de apertura el político destacaba los avances que estaba teniendo su administración al atraer a grandes constructoras e inversión extranjera firme. Para brindar a las familias “seguridad y vivienda digna” se escuchaba en su mensaje a la muchedumbre reunida mientras se cortaba el listón de apertura. Seis edificios con cinco departamentos cada uno con su respectivo cajón de estacionamiento. Bautizados con el nombre de un puerto marino importante distribuidos de la siguiente manera:
Puerto de Hamburgo.
Puerto de Rotterdam.
Puerto de Shangai.
Puerto de Busan.
Puerto de Singapur.
Puerto de Halifax.
También contaban con un espacio de áreas verdes, columpios, una cancha empastada para la práctica de fútbol soccer y otra para basquetbol, además un área de esparcimiento con tres palapas con sus respectivas mesas y una barra para quien quisiera organizar alguna reunión social.
Las primeras personas en llegar a poblar esta zona eran gente de clase media en busca de una mejor perspectiva y aspiraciones de superarse.
La unidad se alzaba a las faldas de una colina, limítrofe con algunos barrios populares y de mala reputación por sus índices delictivos.
Eso no hizo que el conjunto de departamentos perdiera brillo, ya que algunas personas miraban como una meta poder adquirir un lote en dicho sitio. La gente que vivía ahí gozaba de cierto estatus de notoriedad.
II
El paso de los años lo que antes era boyante ahora lucía opaco y desgastado, de los primeros inquilinos solo quedaban un par de familias: Los Martínez y los Valdés en el edificio de Puerto de Hamburgo y al reclamar derecho de antigüedad se adjudicaron la administración e imposición de reglas de convivencia para los demás inquilinos apropiándose indebidamente de los espacios para el aparcamiento y de las zonas de esparcimiento.
Justo en ese año llegaron a poblar el edificio contiguo -que era Puerto de Rotterdam- los Ramírez, una familia en ascenso.
III La Ruptura
La familia Martínez había sacado ventaja al adueñarse de los cajones de estacionamiento de las familias sin auto del edificio Rotterdam, mismos que compartían con los Valdés y en ocasiones eran alquilados a los demás vecinos. Uno de esos espacios era precisamente el que le correspondía a los Ramírez, quienes buscaron una solución amistosa para poder hacer uso de ese pedazo de piso que por derecho era para ellos, así organizaron una convivencia en las palapas siendo el plato fuerte una carne asada mientras miraban las semifinales del fútbol de la liga local. Un mal comentario al calor de las cervezas inició una discusión que derivó en una retahíla de insultos de ambos lados, las familias restantes involucradas tomaron partido por el bando de su preferencia siendo los habitantes más antiguos los que ejercieron más dominio en cuanto a partidarios. Eso permeó durante un tiempo un ambiente tenso y hostil, aunque reinaba una falsa paz entre la comuna.
Un año después, durante una fiesta que organizaron los Ramírez sin pedir autorización, ocuparon no solo su cajón sino cuatro más ocasionando un reclamo airado que acabó en la primera batalla entre los hijos adolescentes de cada uno de los involucrados. El resultado de este entrenamiento fue de cuatro automóviles dañados, vidrios rotos cuatro descalabrados, dos por bando.
IV La copa de la vida…O de la muerte
El conflicto escaló de manera tan rápida que hasta las mujeres de cada lado se vieron envueltas en grescas, chismes y reclamos mutuos, llamadas a las autoridades, denuncias, pleitos callejeros, argucias y triquiñuelas para injuriar y dañar a los contrarios.
A unos meses del conflicto los “manda más” de cada edificio se reunieron con el fin de establecer una solución definitiva y que restableciera la convivencia pacifica para todos. En esa reunión solo pudieron asistir los lideres de cada familia porque según ellos dar salida a los conflictos era cosa de “hombres”. La vía diplomática era el último recurso aunque ninguno de los grupos fue capaz de ceder a las demandas del otro. A la mesa llegó una propuesta: organizar un encuentro de fútbol soccer para acabar con los problemas, así se establecería una manera amistosa de darle fin a los constantes conflictos. Los Ramírez fueron más allá de los límites al poner un reto: si ellos ganaban se harían con el control total de la unidad, si el resultado no les favorecía ellos y sus partidarios se marcharían de la unidad habitacional. El reto fue bien recibido y así empezaron a organizar el juego, también firmaron un pacto de no agresión durante la preparación del entrenamiento deportivo.
El lugar en la cancha fue designado a los miembros más jóvenes con un límite de edad hasta los treinta años, con solo dos exigencias: ser habitantes del lugar y ser consanguíneos directos de los involucrados, así ambos lados registraron a hijos, primos, sobrinos y los demás podrían ayudar como asistentes técnicos. Los puestos de entrenadores estaban reservados para los mayores y las mujeres solo tendrían una participación como porristas y al final ayudarían a hacer una gran comida para festejar el triunfo en caso de llevarse la victoria. Para ponerle más formalidad al asunto fueron contratados árbitros semi profesionales para garantizar la imparcialidad de las decisiones y entre todos se cooperaron para mandar hacer un trofeo que sirviera como estandarte de dominio absoluto. También pactaron el uso de uniformes, mandados a comprar en tiendas deportivas.
Llegó el día, todos estaban listos, las acciones dieron inicio, en noventa minutos sería declarado un vencedor y eso sería el punto final a las rencillas. Una combinación entre los Martínez y los Valdés con uniforme blanco, como entrenador el padre de los segundos. Del otro lado los Ramírez de color azul.
El encuentro dio inicio a las dos de la tarde de ese domingo caluroso, ambos cuadros respetando el juego limpio, los primeros quince minutos para el olvido brindando un espectáculo soporífero, hasta que en un tiro de esquina el hijo menor de los Ramírez le dio un codazo a uno de los Martínez, era un penal clarísimo, que el árbitro no dudo en marcar. Con toda la confianza el cobrador, quien era el hijo mayor de los Valdés, se perfiló de pierna izquierda miró a su oponente a los ojos y con un cobro a lo “Panenka” abrió el marcador haciendo una seña con el dedo medio para después besar su camiseta, eso generó algunos empujones y la gritería en las gradas. El árbitro pudo contener el conato pero dejó las acciones demasiado calientes, de ser un partido tranquilo se transformó en una lluvia de patadas y codazos entre ambos.
A punto de finalizar el primer tiempo un contragolpe y una jugada magistral en donde el mediocampista estelar de los Ramírez dejó sembrados a dos defensas y con una filigrana burló al portero para igualar los cartones; fue a festejar llevándose la mano a los genitales enfrente a las mujeres de la afición rival. No hubo más. Eso desató el conflicto.
Una de las mujeres le lanzó una botella en la cabeza que lo hizo sangrar, uno de los jóvenes se lanzó a defender a su pariente y le dio una patada a la mujer, encendiendo la furia de los rivales y se hizo una batalla campal en donde se involucraron mujeres y hombres por igual. El líder de los Martínez ya lo tenía todo planeado: cuando vio el inicio del conflicto, tomó su teléfono móvil e hizo una llamada. En cuestión de segundos apareció un grupo de hombres armados que empezaron a disparar, los Ramírez tampoco se quedaron atrás ya que al mismo tiempo salieron tipos de todos lados con pistolas y cuchillos
Entre balazos y enfrentamientos cuerpo a cuerpo el campo se tiño de sangre, las mujeres que no participaron en la reyerta trataron de encontrar refugio debajo de las mesas de las palapas y la barra. Niños corriendo escondiéndose entre los autos, gritos, jaloneos, sollozos, quejidos, vidrios rotos, olor a sangre, era una masacre en ambos sentidos.
Lo que era un partido de fútbol se convirtió en una bacanal de sangre, se vio de repente una cabeza cercenada en el punto de penal siendo pateada por un jugador antes de recibir los impactos de las balas de su rival; una mujer pisoteando a alguien con uniforme azul en una masa que parecía ser su rostro, un niño corriendo con un pedazo de vidrio en la cuenca de un ojo. Una decena de hombres inició un incendio en el estacionamiento, dando así inicio a la explosión de automóviles, nadie estaba a salvo. Dos horas después llegaron las autoridades a acordonar la escena del crimen, un uniformado levantó del suelo un trofeo lleno de sangre mientras exclamaba.
“Mire capi, aquí quedó la copa de la vida… O de la muerte”.


