Por: Marco Antonio Guerrero Hernández
Es noviembre del año dos mil diecinueve, estoy en mi cuarto, desnudo frente al espejo, con más de veinte kilogramos de sobrepeso; observó mis talones inflamados y me sobo la rodilla izquierda que empieza a doler y justo en ese momento me pregunto ¿Qué le estoy haciendo a mi cuerpo?
Beber alcohol de manera desenfrenada todos los fines de semana y un par de cajetillas de cigarros, comida con altos niveles de calorías y veo cómo estoy tirando mi juventud por la borda. Han sido años de sufrimiento y también de excesos, empiezo a poner los primeros clavos de mi propio ataúd y aún no he llegado a los cuarenta años de edad, pero las crisis existenciales me tienen en un precipicio, desde aquí, desde el espejo puedo ver de reojo el fondo del abismo. Me siento solo. El mundo es una bola de mierda y basura acumulada por los años y encontrar soluciones se lo dejo a los religiosos porque mi pueril verdad o mi mejor engaño están en una lata de cerveza. No creo en mí. Aguardo con paciencia el momento de largarme de este apestoso mundo donde la gente me odia tanto como yo a ellos. La diferencia es la forma tan despreciable con la que los miro pasar. Mis esperanzas son nulas, el altar de mis decepciones es el palco desde donde contemplo todas mis derrotas.
II
La gente grita con emoción y yo espero el primer golpe que me despierte del letargo, que encapsule el miedo y me ponga en estado de alerta. El protector bucal obstruye mi respiración pero al mismo tiempo me ayuda a no perder el aire.
Recibo un par de impactos; uno en la cara y otro en mi pierna. Mi entrenador me da indicaciones y trato de poner el marcha el plan de pelea establecido. Intento entrar a la batalla como se me instruyó. Mi oponente es más pequeño en tamaño, pero es muy fuerte, mis dos primeros golpes van al aire y él los evita con un movimiento evasivo. Sabe cómo eludir impactos y me lanza una patada que se impacta en mi guardia, por fin después de tantos golpes recibidos pude presentar una guardia decente. Me agacho para evitar un golpe más y logro conectar el primer gancho a la cara.
III
¿Cómo llegué aquí?
Recuerdo que alguien me dijo “gordo” estoy molesto y ofendido, no por el peyorativo, sino porque el espejo me muestra la verdad, una realidad que no quise ver, me advirtieron las rodillas hace un tiempo:
-Deja de comer porquerías porque apenas puedo sostenerte.
Desde que se marchó mi padre le perdí el sentido a la existencia, el cáncer nos ganó y hoy la vida me vale madres. Tenía proyectos ¿Qué proyectos? Ni siquiera los recuerdo, lo único que tengo en mente es “Suicidio premeditado a largo plazo” el cáncer se lo llevó, ese maldito nos arruinó, eso reafirmó mi estatus como un eterno perdedor.
IV
Mi mirada busca los ojos de mi contrincante, tratando de adivinar su siguiente movimiento. Un par de ganchos que bloqueo correctamente. En ese momento preparo mis piernas para ejecutar mi siguiente movimiento.
V
Primer día de entrenamiento y llego con la firme intención de que nadie más en lo que me reste de vida me vuelva a decir “gordo” “maldito gordo” “sucio gordo” “asqueroso gordo”, no volveré a perdonar a quién me lo diga otra vez. He escuchado una frase por ahí “No quiero sanar, quiero venganza” ¿Por qué? Tal vez muchos no lo entiendan pero me cansé de ser un perdedor, me fastidié de sentir pena de mi mismo y ver mi cuerpo desnudo en el espejo y mirar una imagen llena de grasa, consumida por el vicio y el odio, es momento de revancha. Es mi momento para renacer. El vendaje me aprieta, me duelen las manos, durante los primeros ejercicios no aguanto las piernas. Al siguiente día siento dolor en todo el cuerpo, creo que no me voy a levantar, me quedo dormido un par de horas más y al fin logré ponerme en pie. Primera semana de entrenamiento y tengo ambas muñecas torcidas, apenas si puedo sostener el bolígrafo para escribir. Una voz dentro de mí me dice que lo lograré, aunque mi voluntad es muy débil…
Primer año de entrenamiento y mis músculos arden, mientras estoy haciendo lagartijas y abdominales siento como si mi cuerpo se estuviera incendiando por dentro, una lagartija más y mis lagrimales revientan, veo borroso y hay sangre en mis ojos.
-¡No puedo Sensei, ya no puedo!-
Y se me quiebra la voz.
-¡Tienes que poder, haz una más!
Mi voluntad me sostiene y lo logro.
VI
Un camino lleno de dolor pero ahora estoy listo, atrás quedaron los días del maldito gordo perdedor, he llegado más lejos de lo que mi propio medio me permitió, desafíe los límites del dolor físico para por fin desfogar el dolor espiritual, hace un par de años enterré a esa estampa de pena y rencor, preparé mi cuerpo y ahora estoy aquí en una pelea de verdad. Preparo mis piernas para el siguiente movimiento, una combinación de gancho izquierdo y un volado con giro. El golpe llega al rostro de mi contrincante. El tiempo se detuvo, ya no hay sufrimiento…


