Jiribilla relojera misteriosa

Por Enrique Fortunat D.

Lo que voy a contar es rigurosamente cierto, o casi.

Tengo un reloj de pulso que desde hace años, por una cosa o por otra dejé abandonado en una pequeña caja de madera dentro de un cajón de mi buró.

Unos seis meses atrás lo vi y como tenía que ir al centro de la ciudad lo llevé conmigo. Pensé que ya podría dedicarle un poco de tiempo y dinero para ponerlo en condiciones de uso.

Así que lo primero fue sustituir la correa que ya estaba francamente en deplorables condiciones. Como tenía que hacer otras compras, dejé el cambio de pila para mejor ocasión.

Mes o mes y medio más tarde, nuevamente me encontré con el dichoso reloj y me dije a mí mismo que era comprar la dichosa pila a la de ya mismo o, conociendo mi cambiante sistema de prioridades para las actividades sin importancia, seguramente pasarían otros años hasta que me topara con el reloj y decidiera hacer algo al respecto. De manera que conseguir la pila se convirtió en el propósito inútil del día (tengo un reloj que funciona perfectamente, por lo que en realidad no requería de otro).

Puesto en modo comando, me lancé en mi bicicleta a conseguir sí o sí la pila para que funcionara por fin el artefacto.

Confiado fui al sitio en el que en anteriores ocasiones han hecho el cambio a diversos relojes de algunas personas cercanas y que “es de confianza, es súper bueno”. Pero, ¡Oh desgracia del azar marrullero! No fue el encargado y la persona que estaba pues “mire, la verdad yo no le sé, mejor que él lo vea”

– ¿Y a qué hora regresa?

– Ah, no, pus es que no viene hoy, no más me dijo que viniera por si algo se ofrecía…

– Pos se ofrece un cambio de pila…

– Sí, pero a eso no le sé… pero si quiere, dése una vuelta el lunes (era sábado) y ya lo encuentra y él le dice.

– Gracias.

De modo que me fui, mohíno, pero sin que mi determinación se viera minada por el inconveniente.

Al momento de pasar por un paso peatonal subterráneo, veo el letrero salvador que anuncia la llegada a la tierra prometida: “Se ponen pilas para reloj”. Se aligera el ánimo y me dirijo al sitio.

– Buenas tardes

– Dígame, ¿qué se le ofrece? Responde un sujeto de no muy buen aspecto.

– Quiero ver si tiene pila para este reloj –le digo extendiendo el aparato-.

– A ver, es que lo necesito abrir para ver de cuál usa y ver si tengo.

– Pos ábralo a ver si hay.

Procedió a retirar la tapa trasera y sacar la pila.

– Creo que sí, tengo de la original y de la barata.

– ¿Cuánto cuesta la original?

– Le vale 150 pero es de las que sí duran.

– Y las otras no duran…

– Poquito, es que son para los que les duele gastar o andan jodidos.

Convencido de que era ahora o hasta quién sabe cuándo, y a pesar de la puya dije: “Póngasela”.

Así lo hizo, pagué con la certeza de que la dichosa “pila original” me había salido más cara que una taza de café gourmet en sitio de moda, pero ni modo, hay que hacer lo que hay que hacer.

Utilicé el reloj a partir de entonces sin queja ninguna y contento de ver un cambio en el paisaje de mi muñeca izquierda, un toque más informal.

Pero no hay felicidad que dure, al parecer al destino le parece divertido dejar que algo nos alegre un poco para luego meternos una zancadilla no más por ganas de reír a nuestras costillas.

Digamos que al mes y medio, me doy cuenta de que el reloj ha detenido su funcionamiento. El segundero permanecía más quieto que un poste y la hora que señalaban las manecillas tenía mucho que había dejado de ser la correcta.

Casi a punto de comenzar a maldecir a mi suerte, al relojero, al reloj y la pila, cerré los ojos, hice una aspiración profunda y me dije: “Hoy no. Conserva la calma, serena el espíritu y no dejes que esto altere el equilibrio quasi monástico que estás a punto de alcanzar”. Abrí los ojos lentamente, vi el reloj y dije: «¡Perra suerte, inche relojero, maldito reloj y porquería de pila!» Hasta ahí llegó la tranquilidad de espíritu. Ni modo.

En fin, que tomé el reloj y lo puse de vuelta en el cajón.

Pasaron los días y puesto a ordenar el buró, vi el reloj y lo puse encima de la cama, también me quité el que portaba y los puse juntos.

Aquí ocurrió lo curioso, raro, paracronográfico o como le quieran llamar.

Noté que ambos relojes señalaban la misma hora y recordé aquello de que “hasta un reloj descompuesto marca la hora correcta dos veces al día”. Sonreí por la casualidad.

Procedí a ordenar el cajón y no me ocupé más de los relojes.

Minutos después, tomé ambos instrumentos cronógrafos y miré algo raro: seguían marcando la misma hora ambos. Pensé que ahora el que estaba en uso también se había quedado sin pila o que se había averiado, pero observé ambos mecanismos con atención y noté que los dos estaban funcionando normalmente.

Es decir que el dichoso reloj que llevé al cambio de pila y que se quedó sin funcionar, resulta que volvió a ponerse en marcha exactamente a la hora correcta del día. Y me pregunto: ¿cuáles son las probabilidades de que eso ocurra?

Desde entonces no ha fallado.

Si los relojes contaran historias de misterio, a lo mejor esta les gustaría.

Paz

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