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Todos esos recuerdos

Por: Julieta E. Libera Blas

Hay que tener consideraciones con los muertos, porque pasamos mucho más tiempo muertos que vivos.
Macario (1960)

Amables y queridas lectoras:

Cuando era una niña pedía fervientemente que llegara el sábado para ver a mis abuelos. Anhelaba estar en su casa; una casa grande con una escalera de madera, un barandal blanco que algunas veces representaba el papel de resbaladilla, siempre y cuando don Reyes no nos descubriera porque entonces nos llamaría la atención. Una casa con una azotea enorme, dividida en dos: de un lado había plantas y flores, del otro, gallinas. Desde ese lugar podíamos ver la Torre Latinoamericana y algunos edificios de Tlatelolco. Toda la azotea era nuestra, ahí fraguamos las mejores aventuras, en ese lugar se quedaron enterradas en cada maceta nuestras carcajadas. También fue testigo de la tristeza que nos dejaron cuando ellos se aventuraron a la eternidad.

Todas las habitaciones eran espaciosas, frías, con muebles de madera hechos por don Reyes. Una casa en donde la luz natural invadía cada rincón, cada columna. Cuando ellos se marcharon no hubo un solo espacio que no se quedara vacío, huecos como pedazos de madera en donde la vida se expresó de todas las maneras posibles. ¿Hace cuánto tiempo murieron? Han sido tantos años sin ellos que ya el tiempo es innecesario contarlo. El mes de noviembre me llegó casi de sorpresa, como si no lo esperara. La lista de invitados a la ofrenda de la casa se ha hecho mayor al anterior. Claro, la ofrenda del año 2020 se hizo extensa y más dolorosa que ninguna en diez años. Entre familiares, amistades y mascotas, el corazón no paraba de sentirse vilipendiado, burlado, toqueteado por el dolor y la ingenuidad de haberse sentido abandonado por la vida, por Dios.

La primera vez que puse una ofrenda fue después de que falleció don Reyes. Justo al año siguiente monté algo sencillo. Un ramo de nubes y nomeolvides, otro de crisantemos y nardos. Cinco veladoras y el retrato de mi abuelo; un Reyes vivaz, joven, ofreciéndonos una sonrisa discreta. Una de esas fotografías de hace casi un siglo que eran retocadas con pintura. Su traje lucía impecable; siempre que veo el retrato me sorprende el parecido que tiene uno de sus nietos con él, es increíble. Recuerdo que después mi papá me entregó una de las fotos de doña Elvira, su mamá. Se le veía tan hermosa; su cabello corto rizado, justo como hoy lo llevo; su vestido oscuro. Mi papá y ella son como dos gotas de agua. La misma mirada, la suavidad de las manos, la sonrisa increíblemente alegre, llena de luz. Esa foto representa lo que era doña Elvira, una mujer llena de fortaleza y amor, maternal y misericordiosa. Cuando me percaté del hecho, mi ofrenda estaba puesta en el comedor de la casa de mi madre; las velas encendidas, las flores moviéndose alegremente quién sabe por qué razón. Aunque yo quería poner flores de cempasúchil, mamá no me lo permitió por la sencilla razón que a su papá, don Reyes, no le gustaba su aroma. Quizá lo atemorizaba o le dolía la cabeza, si supiera que hoy me tomé la mitad de un atole de cempasúchil, seguramente se reiría a carcajadas diciéndome a qué saben las flores o que éstas no se comen.

Este año será la primera vez que ponga en la ofrenda tres pequeñas macetas de flores de cempasúchil obsequio de mi querida cuñada; yo espero no los haga enojar, no quiero que me vengan a hacer destrozos por mi falta de tacto. A lo que yo les diría que se porten bien porque nada les cuesta, que no me hagan travesuras, después de todo, tienen agua, sal, un Rosario y el misal. Tienen a la Virgen de Guadalupe, la imagen de Jesús; pan, café, arroz, frijoles, dulces, calabaza en dulce, fruta y mucha luz, demasiada para que sigan descansado en paz.

Se debe de ser muy valiente para poner la ofrenda, al pasar el tiempo no es que uno se olvide de ellos, no. El dolor va decreciendo pero su ausencia es más persistente en nuestras vidas, cada día nos hacen falta. Los recordamos como aquello fantástico e inigualable pero temo decir que no todos tienen esa dicha. Hay personas que dejaron una huella profunda pero no por sus buenas acciones y lo que deseamos es borrar su transitar por nuestro tiempo.

Con los años, la ofrenda que se monta en el comedor de la casa de mis padres, ha ido creciendo, entre amistades, familiares, mascotas; padres, madres, hermanos de nuestros amigos. Siempre que veo ya montada la ofrenda, miro a cada uno de mis amigos y pienso en lo jóvenes que se marcharon, estaban tan llenos de vida, de proyectos, de alegría y en un parpadeo, se fueron a un lugar totalmente ajeno para nosotros los vivos. Veo a mi familia; sus voces se van perdiendo conforme ha pasado el tiempo pero su recuerdo sigue tan vivo como toda su vida y como toda su muerte. Eso es lo que no nos arranca la muerte, los recuerdos, la esperanza, las risas, los momentos no de incertidumbre ni de agonía sino todo aquello que nos hicieron ser lo que hoy somos. Tuve la fortuna de que los padres de mis padres fueran personas de buen corazón, aguerridas, amantes de la vida y del trabajo duro para salir adelante con su familia, creyentes de un Dios misericordioso, lleno de amor. Tuve la gracia de contar con una familia que amé y respeté y que si bien no todo fue agradable, jamás podría decir que fue un infortunio ¿saben por qué? Porque las cosas que valen es el aprendizaje que nos dejaron, su amor, protección, las risas. Aquellos fragmentos que tomamos de ellos sin que nosotros nos demos cuenta, las memorias que nos hicieron ser lo que somos y aunque no todos pueden decir lo mismo de su familia de sangre sí pueden sentirlo de aquellos que forman parte de su día a día, de parte de su ser, de todo aquello que va formando su memoria, ese hilo rojo que nos ata a lo más amado.

De ofrendas a ofrendas

Hace tiempo decidí cambiar la ofrenda de lugar, así que la transporté del comedor a la sala. En aquellos ayeres no sé por qué motivo había una mesa redonda de madera pesada, no recuerdo quién se la dio a mamá o si era de alguno de mis hermanos. Era una mesa que me aseguraba tener la belleza necesaria para que mi ofrenda luciera espectacular. No lo pensé más y comencé mi labor que año con año llevo a cabo con cierta alegría pero también con un dejo de nostalgia, de incredulidad. Esa noche la ofrenda quedó espectacular, lo último que puse sobre la mesa fueron las fotografías de mis familiares, entre ellas la de un pariente cercano pero ya muy lejano de nosotros. La puse por respeto a lado de la foto de sus padres y por aquellos años que disfrutamos como familia, como aquello que atesoras por la memoria de los buenos tiempos, cerca de la sal, de un vaso lleno de agua y de una veladora.

En donde se encontraba aquella mesa no había ventanas, ni corrientes de aire. La mesa no estaba rota, coja o fragmentada, mucho menos astillada, la había revisado minuciosamente para evitar accidentes. Una vez que terminé, tomé el misal y comencé a rezar algunas oraciones. Me santigüe, encendí algunos inciensos de mirra y copal; me apresuré a salir porque el tiempo lo tenía encima para hacer una visita. La ofrenda quedó llena de luz, adornada con papel de colores; rodeada de comida y agua. Las flores lucían magnificas; mi papá se esmeró en poner algunas rosas rojas, regalo venturoso de su jardín.

Aquella noche trasmitían Halloween (1978). Mientras disfrutábamos de la película y de mi asombro al verla a pesar de que ya lo hubiera hecho más de cinco veces, nunca me deja de entretener. Entonces sonó mi celular, al mirar la pantalla vi que era mi madre. No lo pensé demasiado para atender la llamada, su voz como siempre cálida me llamó la atención pues me pedía que regresara a casa porque la mesa se había caído. “¿Caído?” – respondí inquieta mientras le pedía a Mischa que se dejara poner la correa y su suéter porque afuera hacía mucho frío. Ella obediente hizo caso, así que la alisté para emprender el viaje a casa. Mientras escuchaba con atención a mi madre me puse mi abrigo, tomé mi bolsa y las llaves del auto. Sin chistar me volvió a pedir que fuera cuanto antes; pensé en tardarme un par de horas más porque quería ver El Exorcismo de Emily Rose (2005) al lado de aquella grata compañía pero la insistencia de mi madre consistía en obedecerla en cuanto cortara la llamada. Así que me marché a mi casa, en uno de los semáforos en rojo la voz de mi madre hizo mella en mí. “Cuando veas la mesa vas a entender por qué quiero que vengas rápido” – no sabía si mamá estaba exagerando.

Cuando llegamos Mischa y yo salimos del auto un tanto apresuradas, con rapidez puse la alarma, noté que las luces de la planta baja de la casa estaban encendidas. Entré por la cocina y una vez que caminé hacia la sala comprendí la insistencia de mi madre. Me quedé boquiabierta, no entendía qué había sucedido ni por qué había pasado todo aquello. Dejé mi bolsa y mi abrigo en uno de los sillones mientras escuchaba a mi madre decir: “¿Ya viste por qué quería que te apuraras?” – sí-, le respondí vagamente mientras tomaba algunas fotos con mi cámara digital.

¿Se preguntarán cómo encontré la mesa? Resulta ser que la mesa había salido volando, literalmente estrellándose contra el suelo. El pedestal que la sostenía estaba partido en dos, dos de las cuatro patas estaban igualmente trozados como si los hubieran agarrado a machetazos. Algunas fotos estaban tasajeadas, los portarretratos sólo sufrieron daños menores. Como era natural algunos vasos estaban rotos y otros más se encontraban en perfectas condiciones. La sal continuaba en el platito de porcelana que había sido de mi abuela, ni una despostillada sufrió. Me alegré pues tiene más de noventa años y aún lo conservamos con celo.

Algunas flores estaban marchitas, otras tantas se encontraban acomodadas en el piso. Le pregunté a mi madre si ella había puesto de esa manera las flores, a lo que me respondió en el acto que ni ella ni mi papá habían movido nada “solo escuchamos el estruendo y bajamos a ver qué había pasado. Cuando vimos la mesa y el papel arrancado de la pared, las velas tiradas por toda la sala, decidimos hablarte pero nosotros no movimos nada” – noté que mi madre estaba nerviosa pero jamás dejó de pensar que eso no tenía nada que ver con que haya cambiado la ofrenda de lugar-. A esa conclusión llegó cuando le aseguré que había sido porque sin permiso los había cambiado de lugar pero ella no lo creyó de esa manera. Después de cierto silencio me pregunto “¿Pusiste su foto?” –Sí-, le respondí un tanto temerosa.

De todo aquello que vi –las velas que encontré lanzadas por toda la sala, el mantel rasgado, el papel picado destrozado, las fotografías tasajeadas– ver su foto fue lo que me impactó, estaba rota y quemada por las cuatro esquinas, dejando ver apenas su rostro y parte de su cuerpo. La miré por un largo tiempo, le pedí agua bendita a mi madre, la regué por todo el lugar haciendo oración. Después le dije molesta: “¡No tenías por qué hacer esto! ¡Si no te gusta, puedes irte, no te quiero en mi casa, quiero que te vayas de aquí! ¡Ahora soy yo la que no quiero saber de ti! Tomé su foto para guardarla en una caja de madera justo en donde aún se encuentra. Mis padres me ayudaron a recoger todo lo que estaba en el suelo, incluyendo la mesa que ya estaba inservible. Antes de las dos de la mañana la ofrenda estaba de nuevo montada pero ahora en el comedor, ya sin la foto de esa persona que había hecho destrozos. Tal vez su enojo era tanto que necesitaba hacerse notar a como diera lugar. Los días subsecuentes estuve orando no solamente por su descanso sino por todas aquellas almas que no pueden ni quieren encontrar la paz codiciada por otras tantas. Fue la primera y última vez que monté en otro lugar la ofrenda, aunque uno de mis sueños es ponerla en el patio de la casa o en el jardín, sería divino pero al parecer ya se acostumbraron a visitarnos en el comedor de la casa.

Por lo que respecta a ese familiar, nunca más volví a poner su foto o lo que quedó de ella, solamente la de sus padres. No miento al decir que lo recuerdo en mis oraciones de los Fieles Difuntos pero nunca más volverá a departir con los demás. Sí, es una locura estar de “pleito” con alguien que ya se encuentra en otro plano pero alteró el orden, la paz y la algarabía de los demás. Entre adultos, niños y mascotas, no es necesario invitar a alguien que no desea estar en donde solo querían recordarlo por aquellos buenos años que tanto disfrutaron. Recuerden que ni a los muertos se les puede obligar a estar en donde no quieren, no les apetece, no se les da la gana.

Este año muy a mi pesar se une a mi ofrenda mi pequeña Mischa, una french poodle que me dio diecinueve años de su vida. Con ella conocí la responsabilidad y el compromiso, el cuidado y la atención, sobretodo conocí el amor y la lealtad. Su presencia fue capaz de hacerme ver la vida de distinta manera; su mirada llena de ternura jamás la podré olvidar. La dejamos ir el pasado 21 de octubre y su ausencia pesa cada día más. Ella estará en mi ofrenda, ella y lo que seguirá representando en mi vida. Mischa fue mi consuelo y mi esperanza, por ella continúo en este camino llamado vida. Estoy totalmente segura que los animalitos van a cielo, a un lugar tan especial que ni muertos podremos conocerlo.

Pronto nos visitarán aquellos que un día vivieron y nos sonrieron. Un día seremos nosotros los que visitaremos a nuestros seres amados para después partir a ese lugar sin retorno en donde dicen que se encuentra la paz y que se vive lo que no fuimos capaces de vivir. Lugar en donde no hay dolor ni desesperanza, sólo algarabía. ¿Han pensado que tal vez exista la posibilidad de que nuestra vida y nuestra muerte sólo sea el sueño o la pesadilla de otra persona en un mundo que no conocemos? Un mundo en donde nuestra vida es totalmente distinta a esta que hoy vivimos.

¡Gracias por la lectura, sean dichosos!

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