Las flores danzantes

Por: Julieta E. Libera Blas

¿Qué es un fantasma? Un evento terrible condenado a repetirse una y otra vez, un instante de dolor, quizá algo muerto que parece por momentos vivo aún, un sentimiento suspendido en el tiempo, como una fotografía borrosa, como un insecto atrapado en ámbar.
El espinazo del diablo (2001)

A las cinco de la mañana Ruth sintió cómo le acariciaban su oreja, desde pequeña le hacia ese cariño sutil su papá para después darle los buenos días. Ella intentó despertar pero estaba muy cansada sólo había alcanzado a ver su reloj de mano; había sido una semana larga, su papá llevaba meses enfermo. Su corazón cada día estaba más y más debilitado; lo habían tenido que someter a una cirugía de urgencia porque su intestino había colapsado. Su nieta lo vio desde fuera de la habitación, Reyes le alcanzó a decir que le hablara a su mamá porque se sentía terriblemente mal, la niña obedeció. Jamás lo volvió a ver; esa tarde al bajar las escaleras se encontró con sus zapatos negros, por inercia los estrujó, sabía que no volvería a casa.

Aquella semana la hermana de Ruth le comentó apesadumbrada que su papá le había dicho en el hospital: Entre el miércoles y el viernes me voy . Después de haber escuchado aquella sentencia las noches para Elena fueron tormentosas. Recordar a su padre diciéndole aquello, quizá para prepararla para lo inevitable. Pensarlo era doloroso pero habérselo dicho a su hermana fue como quitarse una lápida de encima. Ruth se quedó callada al escuchar aquello pero nunca se espero que Elena le dijera casi a punto del llanto: Ya pasamos el miércoles, nos falta el sábado. Guardaron silencio. Era un silencio profundo, agonizante que estaba acompañado por arcadas, escalofríos y un vacío infinito que no daba tregua.

A las siete de la mañana del viernes 9 de noviembre el teléfono sonaba sin parar, su estruendo la hizo levantarse de la cama de un salto para atenderlo. El corazón se le hizo trizas, no sin antes recordar el rostro dulce de su padre. Levantó la bocina ya con un nudo en la garganta, sabía de qué trataba la llamada; la voz de su hermano menor retumbo en su oído dejando un eco en su alma. Su papá había fallecido a las cinco de la mañana, la enfermera apenas había salido a dar informes; supo que los recuerdos de su papá se desvanecerían poco a poco, tenía que atesorarlos todos para que no se quedara sin ninguno.

Era una mañana fría de otoño que le hizo pensar ¿Quién le diría a su mamá? ¿A sus demás hermanos? ¿Cómo se lo diría a sus hijos? ¿Quién iba a decirle a Reyes que estaba muerto? ¿Lo amortajarían? ¿Qué ropa llevaría? Recordó que tiempo atrás pidió que sólo se le cubriera con una sábana blanca y una rosa roja en el pecho junto con una imagen de “su morenita” la Virgen de Guadalupe.

La mañana pasó rápido, sus dos hijos mayores  se enteraron conforme iban saliendo del colegio. La menor de sus hijas, Eugenia, se enteró en el horario de clase; era la una de la tarde cuando se sentó en el suelo frío de la dirección, sus sollozos contagiaron a su madre que por fin podía llorar sin que sus otros hijos la vieran.  

¿Qué era la muerte? Se preguntaba mientras abrazaba a su madre; ésta se aferraba a la fortaleza que a todas las mujeres nos enseñan desde pequeñas. Ya no quería llorar porque sus hijos la verían débil y necesitaba estar fuerte para sus hermanos y para su madre que ahora se quedaba viuda. Una fortaleza que le provocaba tener los ojos rojos sin que las lágrimas salieran de nuevo. 

Durante la velación el ataúd quedó abierto, Ruth se asomó para mirar por última vez a su padre. Su semblante era tranquilo, su cabello fino y canoso estaba bien peinado. Su petición había sido respetada, solamente tenía una sábana blanca cubriéndolo, una rosa roja y la imagen de la Virgen de Guadalupe. Eugenia, la menor de las nietas de Reyes se asomó a verlo; se desmoronó como polvorón cuando lo vio ahí acostado; quieto, sin hablar y sin reír. –Así que esto es la muerte – se dijo mientras tocaba el vidrio que la separaba de él. Ahí se estuvo quieta hasta que una de sus tías comenzó a rezar el Rosario. Se incomodó al escuchar los rezos que iban acompañados de ese llanto que se injerta en la mente. Cruzó la sala para salir al primer patio de la casa, notó la oscuridad que la cubría. El silencio que habitaba en cada habitación era estremecedor. Alcanzó a escuchar la voz de su tía atragantada en llanto. Sin brillo, sin color; era penoso escucharla. ¿Por qué no lloran? Eugenia se preguntaba. Se abrazó las piernas cuando lo miró cruzar de una habitación a otra, él la miró por largo tiempo, ella tragó saliva, se humedeció los labios, quiso correr hacia la cocina pero le pesaron las piernas como si tuvieran cemento. Él le sonreía mientras entraba a la que había sido su habitación, ella abrió los ojos cual ventana que se abre de par en par. Se estremeció cuando la puerta rechinó al abrirse y cerrarse, fue cuando ella corrió hacia la habitación, quería verlo de cerca, quizá podría abrazarlo. Al abrir la puerta sintió frío en la espalda, como si alguien se la hubiera acariciado, empujó con todas sus fuerzas algo que no tenía nombre ni cara ni forma, sólo era un bulto amorfo que se encontraba detenido en la entrada de la alcoba. Al sortear aquello y encender la luz, él ya se había ido.    

Su corazón latía con velocidad hasta que la voz de su tío la regresó a la realidad.  ¿Qué haces aquí? – la tomó del brazo para sacarla del cuarto-. Ve con tu mamá a la sala, está buscándote – ella asintió con la cabeza-. Su tío cerró la habitación; cuando hubo llegado a la cocina miró a Carmen haciendo más café. La sala estaba repleta de dolientes, entre familiares, amistades, trabajadores y vecinos, Eugenia sentía que se perdía entre tantas miradas que la vigilaban desde un lugar desconocido que la asustaba. Antes de salir de la cocina Carmen le pidió que repartiera más pan, aceptó hacerlo mientras una de sus primas le ayudaba a servir el bendito café de olla con canela que siempre servían en los velorios.

A punto de caer la madrugada se sentó en un sillón al lado de sus primas, tomaron la Biblia y comenzaron a leer un Salmo que rezaba así: “El señor es mi pastor nada me falta…” – su tía les pidió repetirlo varias veces; era la menor de las hijas de Reyes, la que tampoco quería llorar porque sus hijas tenían que verla fuerte pero al igual que Ruth sus ojos irritados la delataban. El dolor era profundo, se notaba más en los hombres que desesperados lloraron cuando vieron entrar el ataúd gris a la casa. Ellas sólo se acercaron a su madre y ésta sólo las abrazó fingiendo una fuerza que años después se derrumbó sorprendiéndola con un llanto incontrolable.

Después de un rato las tres nietas se sentaron en una de las bancas blancas que bajaron de la capilla que se encontraba en la planta alta. La empujaron cerca del ataúd, éste se encontraba rodeado de flores blancas: crisantemos, margaritas, nomeolvides, nubes, nardos y rosas rojas. Alguien puso un vaso de agua junto al féretro, debajo de éste una bandeja llena de cebollas y vinagre. Su aroma inconfundible siempre se hace presente en Eugenia cada vez que un alma decide salir a ése viaje sin retorno. Aquella noche el aroma era penetrante tanto que le provocaba hacer gestos sin ton ni son; Carmen las miró desde el otro lado de la sala, les dijo que no estuvieran haciendo esas expresiones y que respetaran el momento.

Pasó el tiempo, el silencio de la madrugada invadió la casa. Las tres niñas conversaban en voz baja, de pronto reían al recordar los momentos agradables con sus abuelos, en otros, las lágrimas se les rodaban por sus mejillas. Era increíble que estuvieran viviendo ese momento tan penoso, era la primera vez que se enfrentaban a la muerte de esa manera tan cercana. Emilia, una de las  nietas se levantó a tomar un poco de agua, Adriana se quedó junto a su prima Eugenia. En un parpadeo Eugenia miró a su abuelo parado junto al féretro; vestía chamarra y pantalones color café, su cabello estaba bien peinado. Reyes se asomó para mirar su cuerpo, se echó a reír diciendo ¿Así quede?–, después le enseñó a su nieta un ramo de rosas rojas. Eugenia lo miró con el deseo inevitable de acercarse a él, notó que si bien su expresión era distinta, su cuerpo aún no se había transformado pues todavía era frágil y delgado. Se prometió guardar silencio y no decir nada acerca de esa visión pero rompió el silencio cuando Reyes comenzó a acercarse a ellas. En un segundo fue testigo cuando tocó el hombro de Emilia para después acariciar el hermoso cabello de Adriana. Al final sintió las manos de su abuelo en las suyas, sin duda era él. Sus manos eran suavecitas, parecidas a las de su papá.

Las tres comenzaron a sollozar, Eugenia tomo la oportunidad para confesarles lo que estaba sucediendo a su alrededor y que ellas no podían ver.

  • ¿No lo ven? Se acaba de despedir de nosotras.
  • ¿En dónde está? – preguntó Adriana ingenua.
  • Está mirándonos y se quiere acercar.
  • No digas eso… ¡Me asustas! –dijo Emilia intentando buscar a su mamá.
  • ¡Tú siempre estas asustada Emilia! ¡Deja de buscar a mamá, se fue a dormir un rato! –le dijo con voz enérgica Adriana.
  • ¿No me creen? ¡Miren las flores! –Eugenia señaló con cierto temor hacia las flores que se encontraban alrededor del féretro.

Las tres miraron asombradas el baile de las flores y la flama de cada uno de los cirios que custodiaban el ataúd; éstos se encendían y se apagaban, bailaban y se aquietaban. Estaban absortas al ver aquella maravilla, el miedo en ningún momento las abrazó, sabían que su abuelo estaba con ellas y estaría toda su vida. Era una alegría enredada con una tristeza que sabían que jamás se iría; la ausencia de su abuelo sería una espina clavada en el corazón. Al ver aquella algarabía se animó a hablarle a su mamá que se encontraba del otro lado de la sala pero fue inútil. Ruth, su abuela Carmen y sus demás tías estaban completamente dormidas. Era como si su abuelo no quisiera que las despertaran. El aroma inconfundible a rosas se esparció en toda la sala; las tres sollozaron pues sabían que su abuelo amaba las rosas; era la última vez que lo tendrían tan cerca de ellas.   

Las flores seguían bailando; impacientes las tres se levantaron de la banca, su ingenuidad las hizo creer que quizá su abuelo no estuviera en ese lugar pero al asomarse al féretro el rostro de su abuelo permanecía quieto, tranquilo, en paz. Aparentemente su cuerpo no se había movido ni un centímetro pues yacía dentro de aquella caja mortuoria.  

Todo volvió a la calma cuando Carmen despertó de aquel sueño profundo. Se levantó del sillón verde oliva, se acercó a las flores y miró los pétalos esparcidos de las rosas por toda la sala. Se bajó los lentes para sostenerlos en su pequeña nariz, notó que el jarrón azul en donde habían puesto el ramo de rosas estaba roto. Ni una rosa había sobrevivido, sólo los tallos largos, verdes y espinosos descansaban sobre el piso de madera. Miró a las niñas preguntándoles quién había roto el jarrón azul pero antes de que respondieran nada Ruth despertó; se llevó las manos hacia sus orejas para llevarse el cabello detrás de ellas pero no sintió uno de sus aretes, eran los preferidos de su papá; le gustaban las perlas, tenía años utilizándolos.  

Lo buscó en el sillón, debajo de éste; fue a la cocina, regresó, inspeccionó las escaleras; sacudió su suéter, buscó en su bolsa. Era inútil, el arete había desaparecido. Ruth miró consternada el jarrón azul quebrado y los pétalos de las rosas esparcidos por la sala. Se asomó para ver si las ventanas de la sala estaban cerradas, su hija se lo confirmó. Se levantó para cerrar bien la puerta de hierro de la sala, todo estaba en orden, al parecer no había sido el viento. Uno de sus sobrinos cerró la puerta de la cocina pero el frío se colaba por algún lugar de la casa. Subió en silencio al segundo piso de la casa. Todos los nietos de Reyes se encontraban dormidos en donde habían sido las habitaciones de sus hermanas; el cuarto que había sido de Ruth se mantenía cerrado.  

Una vez que terminó de inspeccionar los cuartos y la sala, se animó a preguntarles a las niñas qué había sucedido mientras dormían. Eran casi las tres de la mañana, el ruido de la calle era el que provenía de los automóviles que pasaban presurosos hacia el aeropuerto; corrían por Río Consulado como si fueran invencibles.

  • ¿Qué pasó aquí niñas? –ellas se miraron sin decir nada- ¿Quién rompió el jarrón? ¿Les comió la lengua el ratón?– se miraron entre ellas.
  • Estuvimos cuidándolo mientras ustedes dormían. – dijo Adriana.
  • ¿Y el jarrón quién lo rompió? El aire seguramente… – insistió Ruth.
  • Hace rato vino mi “papá” estuvo moviendo las flores y tiró el jarrón – le dijo Emilia sin chistar.  
  • Se asomó a la caja y se rió. Nos dijo: ¿Así quedé?  – dijo Eugenia.
  • El jarrón no lo tiró con intensión, es que las flores se movían mucho. – dijo seriamente Adriana.
  • Huele a nardos… -dijo Ruth con los ojos llorosos.
  • Y a rosas… – dijo Carmen tranquila, como recordando al que había sido su marido durante más de cincuenta años.
  • Hay que ponerle sus zapatos cerca de la caja; ya ven que mi abuelita los pidió en un sueño cuando aún la velábamos. Dijo que el viaje sería largo también le pondré más agua. – dijo Ruth apresurándose a la cocina.

Casi a las cinco de la mañana el sueño venció a las tres niñas; Emilia y Adriana se durmieron a lado de su mamá. Eugenia, buscó un sofá en donde nadie estuviera durmiendo. Cerró los ojos y se quedó profundamente dormida. Soñó que acompañaba a su abuelo a la terminal de autobuses. Miró el boleto, su destino era Morelos, el camión saldría a medio día. Ella comenzó a llorar, su abuelo la abrazo, Eugenia no quería dejarlo ir, sabía que jamás lo volvería a abrazar. Reyes le dijo alegremente que tenía que ir a su casa para despedirse de sus árboles, echarle llave a la reja, avisar a la gente de allá que se ausentaría durante algún tiempo.  Fueron muchos años como para no despedirme de todos los que viven allá – le dijo Reyes a su nieta.

Reyes intentó consolarla sin éxito, deseó quedarse más tiempo a su lado pero le era ya imposible, el camión estaba a punto de salir. Del bolsillo de su pantalón sacó su pañuelo, le secó las lágrimas. Eugenia le pidió le regalara su pañuelo, él le dijo que lo sacara del cajón de su cómoda, que se quedara con todos los que estaban ahí. Ella asintió, le sonrió y lo dejó ir. Antes de subirse al camión y como cada sábado al despedirse, Reyes le dijo: Pórtate bien que nada te cuesta.

Despertó exaltada; Eugenia se encontraba en la sala de sus abuelos. El féretro estaba en el mismo lugar, los cirios estaban encendidos con la cera derramada hasta cubrir la madera del suelo. Miró el reloj de la sala, eran las siete de la mañana en punto. Buscó a su mamá, la vio parada en el umbral de la cocina. Sus hermanos no estaban, tampoco su papá. Sus primas seguían dormidas; era una mañana fría. Se asomó por una de las ventanas percatándose que en la banqueta habían puesto algunas sillas, ahí estaban sus primos tomando café, riéndose de quién sabe qué cosas. La puerta de la sala la abrieron, poco tiempo después empezó a llegar gente. A las nueve el rosario comenzó a rezarlo su tía, la menor de las hijas de Reyes. Esta vez no huyó del lugar, se quedó escuchándolo mientras tomaba el café que su mamá le había ofrecido. Pensó en su sueño y en el abrazo de su abuelo que la había llenado de felicidad. Su madre se acercó a ella cuando terminó el Rosario. Eugenia la abrazó, Ruth le respondió con una caricia en el cabello. Se levantó y buscó a su tía para recordarle que los zapatos de su abuelo eran de suma importancia en su viaje. No olvides ponérselos dentro del ataúd, los va a necesitar – le pidió Eugenia fervientemente.

Antes del mediodía salieron rumbo al campo santo; el camino que lo llevaría hasta el lugar en donde reposarían sus restos parecía una alfombra de pétalos aterciopelados. Una vez que se marcharon, Eugenia miró el montón de tierra en donde ya descansaba su abuelo; estaba cubierto de aquellas flores blancas que durante la madrugada habían danzado sin cesar. Lucían bellísimas bajo el sol radiante.  

En medio de aquel dolor Reyes llegó a Morelos justo a las doce del día. Se quitó la chamarra café que traía puesta, se abrió dos botones de su camisa blanca con vivos discretos azules. Cogió su sombrero, se secó el sudor de la frente con uno de sus pañuelos que se sacó del bolso del pantalón. Se agachó para amarrar las agujetas de sus zapatos negros; sabía que sería un largo camino de regreso a casa. Miró el horizonte y comenzó su andar hacia la eternidad.

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