Por Lenin Rojo C.
Es Plotino el exaltado poeta neoplatónico gracias al cual encontramos que somos hijos de nuestras pasiones y no de la Historia, que debemos las artes más a la idea que a la contingencia, pues es él quien nos recuerda que eros es orasis, es decir, visión.
Una historia griega
Ante todo el dibujo es huella de un ardentísimo deseo. Recordemos que una de las imágenes más bellas de la invención del dibujo es aquella en la que la amante al despedir al amado observa en la silueta proyectada en una pared la imagen de la silueta del que pronto habrá de partir; impaciente de deseo y de impotencia para retenerlo se le ocurre pedirle que no se mueva, y procede a grabar su huella, su perfil, o mejor aún y más precisamente, la huella de la sombra del deseo que sostiene, a sus ojos el perfil amado.
Y dibuja, inventa a partir de esa ardicia y esa sombra proyectada el primer dibujo del mundo. Como ella es griega es válido suponer que no sólo registra el perfil de la cara del amado proyectado en la pared sino que dibuja el cuerpo entero en erección y pleno de deseo. Pronuncia entonces por primera vez la frase favorita de cualquier buen pintor futuro; “espérame tantito no te muevas por favor”.
Y es legítimo suponer que de este ardid nacieron y ahí vinieron a parar todos los mundos anteriores y posteriores de las disciplinas del dibujo; el tormento de la carne que se anhela para subsistir; las cuevas de Altamira, el anhelo que ansía detener lo que en el mundo no se detiene; el paisaje.
Si se quiere, también contiene esta historia el germen platónico de lo que al hombre le está permitido captar del mundo: su sombra. Y también la cruel exclamación de Penélope cuando vuelva el amado: tú no eres quién yo espero*. Pues hemos partido de la sombra de un perfil en la pared, para amar mejor y más la sombra que la realidad que la produjo, todavía más, deseamos volver y triunfar de la sombra que es el mundo y amamos la sombra de la sombra -el arte- aún más que la amantísima presencia que ya no está y que, no obstante, vengará en la sombra de la sombra el anhelante deseo.
Aquel que ingrato partió un día y nos dejó en las manos y en los ojos para siempre un anhelo recordante que con el tiempo se acrecienta y llega a ser más precioso que la absurda realidad que lo provocó.
Tú no eres quién yo espero
Porque bruscamente, en ese acto fundacional ya queda inscrita la historia del arte del dibujo y su final, un final que sólo habrá de cumplirse cuando en el último hombre se haya extinguido el deseo y su lumbre.
Así mismo, esta anécdota guarda la semilla de la increíble historia de amasiato del arte, la venganza y el amor.
Te vas pero al triunfar con un fracaso, pues que son unos rayoneos que pretendían detenerte, y sin embargo lo logran, te detengo, te detienes, te miro, te recuerdo, nos recuerdo, me devuelves a mi momento más alto, aquel en que te convertí en tu propia huella allá afuera, la impronta de mi deseo y el triunfo sobre mi impotencia de retenerte, tu huella en mí, tú.
Cuando vuelvas ya no importará, Penélope habrá destejido mil veces tu imagen y lograré vengarme del dolor de tu partida, te habrás vuelto un dibujo, tu imagen; la sombra y tu recuerdo fundidos, otros te reconocerán como suyo o no. No, tú no eres quién yo espero.
Del árbol segado del amor brota una rama nueva; el dibujo, su huella.
19 de julio de 2010.
*Referencia a la canción de J.M.Serrat

