en el metro

Historias del Metro

Por Marco Antonio Guerrero Hernández.

La ciudad de México es una de las más pobladas del mundo, la red de transporte colectivo Metro mueve en promedio a cinco millones de personas al día. Entre sus  pasillos se puede sentir el latir del proletariado. Las clases trabajadoras que a diario se desplazan para asistir al empleo o a la escuela esconden historias que van de lo sublime a lo ridículo.

1. Porfirio

Porfirio, padre de dos hermosas gemelas, salió al centro emocionado a comprar los vestidos de quince años para sus hijas. Aborda en Tlatelolco. Antes de llegar al trasbordo en la estación Hidalgo siente un piquete en el brazo izquierdo, un sudor frío invade su cuerpo y se desploma. Al verlo la señora que lleva dos bolsas enormes empieza a gritar: ¡Hay que ayudar al señor!  Alguien acciona la palanca de emergencia.

El tren detiene su marcha ante la mirada de todos los presentes. Porfirio tiene un ataque incontrolable, expulsa espuma de la boca, se mueve involuntariamente. Se abren las puertas y un señor se quita la camisa para introducirla en la boca de Porfirio para evitar que se muerda la lengua. La gente trata de hacer espacio. Los policías encargados de guardar el orden en la estación llaman por radio a los parámedicos. Demoran un poco en llegar, cuando por fin hacen acto de presencia para auxiliar al señor, él está inconsciente. La señora que gritó al ver que alguien se había desplomado se ofrece como acompañante en la ambulancia. Los parámedicos no lo quieren permitir. Ella argumenta que se dio cuenta que el señor viajaba solo. El operador de la ambulancia cede, después de las labores de primeros auxilios logran sacarlo de la estación del Metro. Tras registrar su ropa, encuentran su identificación y una tarjeta escrita a mano con los datos de sus familiares a los que se les llama por teléfono.

Tres meses después, Porfirio está bailando el vals de quince años con sus hijas y la señora que está sentada en la mesa de los padres y a quien todos miran con cariño es Doña Chonita, la que se quedó sin ir a vender quesadillas a su puesto por ayudar a salvar la vida de Porfirio. A veces los ángeles se aparecen en los momentos que nadie los espera.

2. Una vergonzosa confusión

El último recorrido del metro sucede alrededor de las doce treinta de la noche. El trayecto es tardado porque se detiene un poco más de tiempo en cada una de las estaciones esperando a aquellos que salen tarde de su escuela o trabajo. Desde hace unos años se sabe que los dos últimos vagones son abordados por parejas tanto heterosexuales como homosexuales  que buscan un poco de adrenalina.

Un día entre en el andén de una estación vi una pareja excediéndose en cariños, no presté mucha atención ya que era una situación a la que ya me había acostumbrado al salir de mi trabajo. Caminé hacia el final del andén a esperar el tren.

De pronto el muchacho que minutos antes había compartido con la chica un apasionado instante se acercó a mí con la cara enrojecida (era evidente su estado etílico) y me habla:

-¡Hey carnal! No la chingues ya la regué bien cabrón.

-¿Qué te pasó valedor? ¿Estás bien? ¿Te puedo ayudar en algo?

Y me empezó a contar sobre la chica con la que minutos antes estaba.

-Es que entré a la estación y la verdad no sé qué chingados pasó. Me decía arrastrando las palabras. Me empezó a hablar. Me saludó, ni siquiera me dijo su nombre. Estábamos platicando y la neta me dieron ganas y le di un beso. Nos fuimos al rinconcito de allá y cuando las cosas se estaban poniendo más “cachondas” le metí mano y me di cuenta de que no era una chica. Es hombre. Me hizo un chupetón y ahora no sé que le  voy a decir a mi esposa.

El exceso de alcohol suele hacer malas jugadas a algunos incautos o a quien no se sabe controlar.

3. Una batalla memorable

Subí en la estación Balderas (bastante famosa por una composición de Rodrigo Gonzalez Alias “Rockdrigo” o “El poeta del nopal”), en dirección a Indios Verdes . Era la hora de menos afluencia. De pronto se suben dos hombres: uno alto y gordo, el otro de menor estatura y muy delgado discutiendo y gritando todo tipo de improperios ante la mirada atónita de los pasajeros. Un tercero interviene tratando de calmar la situación pero sin avisar el “chaparro” le conecta un golpe directo a la mejilla y le espeta:

-¡Usted no se meta, es tiro de dos. Eso es para que dejes de estar de metiche!  Acto seguido una señora le pega con su bolsa de mano al agresor y le grita:

– ¡El chavo quería ayudar!

En ese momento interviene el tipo alto para defender a la señora y se hacen todos de palabras. Acto seguido un señor que aproximadamente ronda los cincuenta años se saca el cinturón y carga contra el gordo, le pega con la hebilla en un brazo. Empiezan los empujones generalizados, la señora sale proyectada y se impacta en la puerta, un par de adolescentes movidos por el morbo sacan sus teléfonos móviles y empiezan a grabar. De pronto alguien arroja una botella de agua sobre los demás, la turba se le va encima. Ya nadie está a salvo. El tren está detenido entre Balderas y Juárez. Una mujer entra en pánico.

-¡Ya paren, me van a pegar. Estoy embarazada!

De pronto siento un fluido que me cae en la cabeza, es cerveza. Una lata semi vacía me ha salpicado y entro de lleno al conflicto. Busco al primer tipo que se me atraviesa y le doy un gancho al hígado y después a la cara. Otro tipo me sujeta por el cuello. Un viejito cae y ya todo se descontroló.

Después de unos minutos el tren comienza a avanzar y rebota nuestro vagón. Alguien decide poner alto a la locura y activa la palanca de emergencia llegando a la estación próxima. Al abrir  puerta en Juárez, me escabulló entre la multitud y logro escapar.

Llegando a casa veo en la televisión las noticias: “Batalla campal en el Metro”

El saldo fue de diez detenidos, siete descalabrados, una ventana estrellada y tres mujeres con crisis nerviosa.

El estrés de la cuidad un día nos va a matar a todos.

Y así hay miles de cosas que suceden a diario. Puedes encontrar al amor de tu vida o gente histérica en un viaje de cinco pesos.

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