Por Julieta Libera Blas
Somos todo el pasado,
somos nuestra sangre,
somos la gente que hemos visto morir,
somos los libros que nos han mejorado,
somos gratamente los otros.
Jorge Luis Borges.
Obras completas.
Queridos y amables lectoras.
Mis padres me han compartido varios de sus recuerdos que tienen ese dulce sabor de un México que existió y que hoy sólo vive en la memoria de los que tuvieron la oportunidad de conocerlo. Hoy tengo la oportunidad de compartirles un pedacito de ellos pero también me es grato saber que algunos de ustedes también guardan memorias invaluables dentro de su mente y corazón. A pesar de que hemos vivido en épocas distintas, las calles del Centro de la Ciudad de México nunca dejaran de ser únicas y maravillosas. Cada una de ellas tienen un lugar muy especial en cada uno de nosotros. Algunas no las conocemos, otras pareciera que llevan nuestro ADN; uno nunca deja de aprender de ellas, de su historia que es una vida.
De la mano de mi padre recorrí más de una vez las calles del Centro de la Ciudad de México. Las última vez que fui con mis padres fue en el ya lejano 2016 – no ha habido oportunidad de regresar -nos tomamos un café en el majestuoso Sanborns de los Azulejos, yo regresaba de la Biblioteca Miguel Lerdo de Tejada ubicada en República del Salvador. “Un gabinete por favor, señorita” – le pidió mi papá cortésmente a la señorita que vestía su uniforme inconfundible: blusa blanca y falda de franjas horizontales coloridas, huipil y cofia*.
El coleccionista y comerciante de arte popular, Francis Davis fue invitado por Frank Sanborns a tener una tienda de curiosidades mexicanas dentro de la tienda y él fue quien inspirado en los trajes típicos de Oaxaca, Nayarit y Puebla diseñó este uniforme que con el tiempo se ha ido modificando conforme a lo que se encuentra en boga. Este uniforme sólo está a la venta para las señoritas que trabajan en dicho lugar. Cada restaurante dispone de una costurera que está encargada de personalizar cada uno de los ajuares según la necesidad de cada una de ellas. Los uniformes deben de estar hechos a la medida, planchados y almidonados, todo un símbolo que nos permiten reconocerlas de inmediato.*
La mamá de uno de los muy queridos amigos de mi papá –el señor Carlos Pichardo– doña Juanita Hernández se encargaba de lavar las servilletas del restaurante Sanborns. “Era una friega que se llevaba la señora. Tenía que lavarlas con lejía para que quedaran blanquísimas y debía de almidonarlas. Cada tercer día iba a los Azulejos por ellas, Carlos y yo la acompañábamos. Nosotros vivíamos en una vecindad que se ubicaba entre la calle Soto y Avenida Hidalgo,en donde actualmente se encuentra La Secretaría de Crédito Público.
¿Le pagaban bien a la señora? –le inquirí a mi papá mientras miraba el menú del restaurante-. No lo sé; lo único que sé es que la señora tenía que ayudar a su esposo porque eran como ocho hijos; Carlos era el menor, él tenía como trece años, yo tenía seis.
Miré a mi papá durante largo tiempo mientras me compartía parte de esa esencia llamada vida: recuerdos. Lo imaginé como el niño travieso que era, caminando a lado de Carlos Pichardo en esas calles que hoy ya no existen como él las conoció y disfrutó. Carlos lo tomaba de la mano para cruzar las calles, para que no se le fuera a escapar y se le perdiera entre la gente. Llevaba a mi papá y su hermano, mi tío Alberto, a jugar a la Alameda, siempre cuidándolos porque eran niños y eran traviesos. En un cerrar y abrir los ojos podía pasar cualquier cosa. También los llevaba todos los días a la Escuela Primaria Dr. Belisario Domínguez llamada primeramente como Centro Cultural Belisario Domínguez (1923) inaugurado por Lic. José Vasconcelos. Ubicada en la calle Esmeralda y Héroes frente al Panteón de San Fernando, cerca de la Biblioteca Cervantes (1923) y de la casa de los Riva Mercado, en la Colonia Guerrero. Se caracterizó por ser una de las primeras “escuelas-tipo” de la época, éstas se caracterizaban por albergar a mil alumnos, dieciocho aulas, gimnasio, estanque para natación, estadio y decorados alegres. Se caracterizó por estar revestidas de pinturas murales de Emilio Amero y Carlos Mérida, artistas de la Academia de Bellas Artes. Entre 1951 y 1973 los corredores fueron recubiertos por alumnos de La Esmeralda** -los primeros murales se perdieron para siempre por falta de mantenimiento.
(Escuelas-tipo: nombre que le dio el Lic. José Vasconcelos a este tipo de complejos escolares que dejaron de construirse una vez que éste renunció a la Secretaria de Educación Pública. El Presidente Álvaro Obregón dispuso del nombre Belisario Domínguez. Le pareció lo más acertado para rendirle homenaje de esa manera a “una de las glorias más puras de la Revolución.” Originalmente José Vasconcelos pensó en llamarla “Escuela Modelo”)**
Con Carlos Pichardo, a pesar de que él ya era un adolescente tuvieron en su haber varias travesuras, por ejemplo: “Una vez a Carlos –nos lo cuenta mi papá entre risas a mi mamá y a mí– la señora Juanita lo castigó y lo encerró dentro de la cocina, mientras Carlos aguardaba a que le levantaran el castigo, tu tío Beto y yo, nos acercamos a su ventana para seguir jugando, ahí estábamos de chismosos. Supongo que entre risa y risa a Carlos se le ocurrió la grandiosa idea de invitarnos a comer:
¿Tienen hambre? –papá y mi tío le respondieron que sí– así que Carlos ni tarde ni perezoso nos ofreció frijoles. En un santiamén los tres comíamos con singular alegría los frijoles que doña Juanita había cocinado para la comida. No contábamos que ella llegaría justo cuando más disfrutábamos de nuestros frijoles. Doña Juanita nos dijo: “¡Nada más terminan de comer sus frijoles y se me van a su casa!”. Mi papá reía, sus mirada se transportó a esa época en donde sólo era un niño lleno de amor, de ternura, de vida.
Carlos Pichardo formó una familia, tuvo dos hijas, una esposa. Estudio contaduría en la UNAM; papá y él nunca dejaron de frecuentarse. En varias ocasiones visitó la casa de mis padres, platicaban y reían, siempre recordando. Dueño de una voz grave, de mirada igual de pacífica que la de mi padre. Sonrisa plena, amable, expresaba esa dicha de haber vivido una vida plena. Un hombre gentil y atento, parecido en carácter a mi papá, quizá porque se formaron de una manera muy diferente a la de sus hijos, porque era otra época, otro tiempo, otra vida ajena a la de nosotros.
Como último recuerdo que hoy les comparto: en alguna ocasión, en una de las fiestas que ofrecían mis tíos abuelos Luis V. y Rosenda C. Mientras nos sentábamos a comer un pollo con mole exquisito y refresquito para los niños. Vimos entrar a la casa a Carlos Pichardo, de inmediato le ofrecieron un agua de fresas que sólo los adultos bebían. A mi siempre se me antojó, se veía fresca, deliciosa. Nunca logré convencer a mamá de que me diera un vasito de agua porque ignoraba que tenía licor. Recuerdo que un primo, al que hace años no veo, por andar corriendo de un lado a otro se tropezó y cayó dentro del enorme cántaro. Así como cayó, así lo levantó mi tía; empapado y llorando se fue a encerrar a uno de los cuartos de aquella enorme hacienda. La mayoría se enojó porque su agüita ya no servía.
Carlos Pichardo intentó saludar a la mayoría de la concurrencia pero eran demasiados. A decir verdad no recuerdo qué festejábamos, algún bautizo o una boda. Cuando llegó a la mesa en donde estaba mi abuelita Elvira, la mamá de mi papá, ésta se le quedó mirando durante un largo tiempo cuando él la saludó, un silencio incómodo abrazó a los ahí presentes, mientras que el señor Carlos sostenía su mano gentilmente. De pronto doña Elvira mientras intentaba reconocerlo dijo: ¿Tú quién eres? –a lo que él respondió de nuevo: Soy Carlos Pichardo. – doña Elvira sin pensárselo dos veces exclamó: ¡Pero qué viejo estás!– mis tíos, mis papás, soltaron tremenda carcajada. Supongo que el señor Carlos se ruborizó de la pena que le producía aquella terrible honestidad de una mujer octogenaria, la misma que le conocía de toda la vida.
Don Carlos Pichardo falleció hace más de veinte años en su casa, dormido. Mi papá se enteró días después de su deceso, gracias a su hija menor. “Falleció el fin de semana doctor, no pude avisarle, pero hoy vine a informarle que papá ya no está con nosotros” –aquella tarde mi papá estuvo en silencio guardándose la tristeza en alguna habitación de su vasto corazón-. Supongo que sumergido en sus recuerdos, dándose un paseo dominical por la Alameda, por las calles transitadas y solitarias del Centro. Calles, corredores, callejones que fueron parte de su niñez y que fueron testigos del cómo el tiempo pasaba para verlos crecer y labrarse un camino distinto. Por eso papá ríe siempre, bromea y juega, tal vez por eso colecciona “Ratones Miguelitos y juguetitos de cuerda y de latón” con gentil amor. Quizá recuerda su infancia que a pesar de todo fue feliz.
Fuente de apoyo:
- www.coolhuntermx.com *
- Espacios INBA. Patrimonio artístico de México.
Escuela primaria Belisario Domínguez.
Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura.
YouTube.**
- Todo un símbolo: La escuela Belisario Domínguez,
Briuolo Destéfano Diana, 2010.
Instituto de Investigaciones Estéticas, UNAM, publicado en Artículos y cosechados de Revistas UNAM*


